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Gorditos e intoxicados: las consecuencias de la comida chatarra entre los niños
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Por Redacción

Gorditos e intoxicados: las consecuencias de la comida chatarra entre los niños



En nuestra provincia, cuatro de cada diez chicos tiene problemas de sobrepeso, y la problemática no hace diferencia entre ricos y pobres.


El notable protagonismo que tomaron las comidas rápidas y las harinas en la dieta de los niños y pre-adolescentes mendocinos, desencadenaron una epidemia global que afecta al 40% de la población menor de 13 años.

basura con buen sabor


En medio de las alarmas por lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió como “epidemia de obesidad”, los especialistas vuelven a poner el foco de atención en la baja calidad de la alimentación, en particular en la llamada “comida chatarra”, o comida rápida, y en los estragos que produce en la salud, especialmente en la de los más jóvenes.


Según el organismo internacional, hay actualmente 1.000 millones de adultos y 42 millones de menores de cinco años con sobrepeso, y cada año mueren al menos 2,6 millones de personas a causa de esa enfermedad.


La incidencia de la obesidad en Mendoza no es muy diferente a la de la región, ya que es similar a la curva de prevalencia epidemiológica de América latina. Inclusive, si tomamos datos nacionales, el país se ubica como el tercero con mayor cantidad de jóvenes y niños obesos de todo el continente.


“La comida chatarra es el resultado del impulso de la ingeniería de alimentos para hacer irresistible el comer y al mismo tiempo producir hambre. Esto genera gente gorda que come sin parar, impulsada por un hambre emocional que estimula en el cerebro el placer más primario”, señala Máximo Ravenna, médico psicoterapeuta y especialista en nutrición.


Lo cierto es que en el marco de los tiempos que corren, la comida chatarra, cuyo ejemplo clásico es la que se sirve en los locales de la firma más conocida en este rubro, domina en prácticamente todos los países del mundo a través de sus presentaciones más habituales, como las hamburguesas, los panchos o la comida al paso, pero también en mucha de la comida procesada o semiprocesada que compramos en los súper.


“Toda esa comida está contaminada con demasiados aditivos, los que las hacen tan ricas. Son sustancias casi desconocidas y que están muy presentes en los productos llamados light que reemplazan a la comida natural y empeoran la calidad de los alimentos”, explica Ravenna.


Intoxique su cuerpo aquí


La cantidad de locales dedicados a la comercialización de comidas rápidas (fast food) se incrementó en el Gran Mendoza. En un relevamiento de registros municipales realizado por El Ciudadano, se pudo comprobar que la cantidad de licencias habilitantes bajo la categoría “elaboración de comidas rápidas” durante los últimos cinco años creció proporcionalmente a la cantidad de casos de obesidad no hereditaria, o sea, causada por malos hábitos alimenticios.


Inclusive, un informe publicado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advirtió que las ventas de alimentos procesados industrialmente (comida rápida y bebidas azucaradas) aumentaron sustancialmente en toda América latina, contribuyendo al incremento de las tasas de obesidad en toda la región.


Lo peor del caso es que, de acuerdo al mismo estudio de consumo, el 60% de los que asisten a este tipo de comercios, son menores de edad en etapa de crecimiento.


Al respecto, Daniel Pérez Cuvit, médico especialista en nutrición infantil, asegura que “si el chico pasa los 12 años y nunca pudo equilibrar su peso, es muy difícil que lo revierta. Por eso es muy importante el hecho de prohibir la ingesta de chatarra en nuestros hijos. Este tipo de comidas se digiere en el organismo al mismo tiempo que produce daños relacionados a los altos contenidos grasos, sacarosos y calóricos, sin olvidar los aditivos alimentarios, como el glutamato monosódico o la tartracina, que pueden producir adicción. Entonces, la combinación de azúcar, sal, grasa y varios aditivos condicionan la ingesta de estos productos debido a que la elevada palatabilidad (cualidad de ser grato al paladar un alimento) genera un comportamiento adictivo resultando casi imposible dejar de consumirlos”.


Además, el especialista aclaró que “la gran concentración de calorías que contienen puede ocasionar con su consumo excesivo ganancia progresiva de peso, alteración en la glucemia y mayor riesgo de hipertensión arterial (por su elevado contenido de sodio), y de esta forma aumentar los factores de riesgo cardiovascular”.


Tristes, solos… y adictos


Según estudios científicos recientes, los niños con obesidad tienen mayor tendencia a presentar desordenes psicológicos, como la depresión. Esta tendencia se da en ambos sexos, aunque, al contrario de lo que se podría pensar, se presenta más en los varones.


“Los niños obesos suelen desarrollar una autoestima pobre, inseguridad y dificultades para relacionarse con la gente de su edad, sufren el rechazo o las burlas de sus compañeros de colegio. El niño se siente inferior a los demás, cree que no posee cualidades por las que pueda ser valorado y se siente incapaz de participar y destacar en los juegos y actividades de los demás niños. Finalmente, este chico no hace ejercicio por gordo, y por gordo es apartado. Es un círculo vicioso muy triste”, explica Pérez Cuvit.


El pan también engorda


Llama la atención que el 40% de los casos por sobrepeso y obesidad infantil incluye muchos chicos que viven en condiciones vulnerables, y por ende no tienen dinero para comprar comida chatarra. La explicación al fenómeno es muy simple: las harinas. “Últimamente tengo muchas consultas de personas de bajos recursos que vienen con varios kilos de más. Cuando les pregunto qué comen me dicen que la dieta se sostiene a base de fideos y pan. Y esa es la respuesta, las harinas pueden ser tan perjudiciales como una panchería”, asegura finalmente Pérez Cuvit.


Por Orlando Tirapu – Diario El Ciudadano


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Gorditos e intoxicados: las consecuencias de la comida chatarra entre los niños

En nuestra provincia, cuatro de cada diez chicos tiene problemas de sobrepeso, y la problemática no hace diferencia entre ricos y pobres.

El notable protagonismo que tomaron las comidas rápidas y las harinas en la dieta de los niños y pre-adolescentes mendocinos, desencadenaron una epidemia global que afecta al 40% de la población menor de 13 años.
basura con buen sabor

En medio de las alarmas por lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió como “epidemia de obesidad”, los especialistas vuelven a poner el foco de atención en la baja calidad de la alimentación, en particular en la llamada “comida chatarra”, o comida rápida, y en los estragos que produce en la salud, especialmente en la de los más jóvenes.

Según el organismo internacional, hay actualmente 1.000 millones de adultos y 42 millones de menores de cinco años con sobrepeso, y cada año mueren al menos 2,6 millones de personas a causa de esa enfermedad.

La incidencia de la obesidad en Mendoza no es muy diferente a la de la región, ya que es similar a la curva de prevalencia epidemiológica de América latina. Inclusive, si tomamos datos nacionales, el país se ubica como el tercero con mayor cantidad de jóvenes y niños obesos de todo el continente.

“La comida chatarra es el resultado del impulso de la ingeniería de alimentos para hacer irresistible el comer y al mismo tiempo producir hambre. Esto genera gente gorda que come sin parar, impulsada por un hambre emocional que estimula en el cerebro el placer más primario”, señala Máximo Ravenna, médico psicoterapeuta y especialista en nutrición.

Lo cierto es que en el marco de los tiempos que corren, la comida chatarra, cuyo ejemplo clásico es la que se sirve en los locales de la firma más conocida en este rubro, domina en prácticamente todos los países del mundo a través de sus presentaciones más habituales, como las hamburguesas, los panchos o la comida al paso, pero también en mucha de la comida procesada o semiprocesada que compramos en los súper.

“Toda esa comida está contaminada con demasiados aditivos, los que las hacen tan ricas. Son sustancias casi desconocidas y que están muy presentes en los productos llamados light que reemplazan a la comida natural y empeoran la calidad de los alimentos”, explica Ravenna.

Intoxique su cuerpo aquí

La cantidad de locales dedicados a la comercialización de comidas rápidas (fast food) se incrementó en el Gran Mendoza. En un relevamiento de registros municipales realizado por El Ciudadano, se pudo comprobar que la cantidad de licencias habilitantes bajo la categoría “elaboración de comidas rápidas” durante los últimos cinco años creció proporcionalmente a la cantidad de casos de obesidad no hereditaria, o sea, causada por malos hábitos alimenticios.

Inclusive, un informe publicado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advirtió que las ventas de alimentos procesados industrialmente (comida rápida y bebidas azucaradas) aumentaron sustancialmente en toda América latina, contribuyendo al incremento de las tasas de obesidad en toda la región.

Lo peor del caso es que, de acuerdo al mismo estudio de consumo, el 60% de los que asisten a este tipo de comercios, son menores de edad en etapa de crecimiento.

Al respecto, Daniel Pérez Cuvit, médico especialista en nutrición infantil, asegura que “si el chico pasa los 12 años y nunca pudo equilibrar su peso, es muy difícil que lo revierta. Por eso es muy importante el hecho de prohibir la ingesta de chatarra en nuestros hijos. Este tipo de comidas se digiere en el organismo al mismo tiempo que produce daños relacionados a los altos contenidos grasos, sacarosos y calóricos, sin olvidar los aditivos alimentarios, como el glutamato monosódico o la tartracina, que pueden producir adicción. Entonces, la combinación de azúcar, sal, grasa y varios aditivos condicionan la ingesta de estos productos debido a que la elevada palatabilidad (cualidad de ser grato al paladar un alimento) genera un comportamiento adictivo resultando casi imposible dejar de consumirlos”.

Además, el especialista aclaró que “la gran concentración de calorías que contienen puede ocasionar con su consumo excesivo ganancia progresiva de peso, alteración en la glucemia y mayor riesgo de hipertensión arterial (por su elevado contenido de sodio), y de esta forma aumentar los factores de riesgo cardiovascular”.

Tristes, solos… y adictos

Según estudios científicos recientes, los niños con obesidad tienen mayor tendencia a presentar desordenes psicológicos, como la depresión. Esta tendencia se da en ambos sexos, aunque, al contrario de lo que se podría pensar, se presenta más en los varones.

“Los niños obesos suelen desarrollar una autoestima pobre, inseguridad y dificultades para relacionarse con la gente de su edad, sufren el rechazo o las burlas de sus compañeros de colegio. El niño se siente inferior a los demás, cree que no posee cualidades por las que pueda ser valorado y se siente incapaz de participar y destacar en los juegos y actividades de los demás niños. Finalmente, este chico no hace ejercicio por gordo, y por gordo es apartado. Es un círculo vicioso muy triste”, explica Pérez Cuvit.

El pan también engorda

Llama la atención que el 40% de los casos por sobrepeso y obesidad infantil incluye muchos chicos que viven en condiciones vulnerables, y por ende no tienen dinero para comprar comida chatarra. La explicación al fenómeno es muy simple: las harinas. “Últimamente tengo muchas consultas de personas de bajos recursos que vienen con varios kilos de más. Cuando les pregunto qué comen me dicen que la dieta se sostiene a base de fideos y pan. Y esa es la respuesta, las harinas pueden ser tan perjudiciales como una panchería”, asegura finalmente Pérez Cuvit.

Por Orlando Tirapu – Diario El Ciudadano

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