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Francisco Pinol Castillo: “Se ha perdido el contacto entre médico y paciente”
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Por Redacción

Francisco Pinol Castillo: “Se ha perdido el contacto entre médico y paciente”



Hay historias que nos remontan a otras un poco más lejanas y, a veces, hasta olvidadas, como la de aquel médico que viajaba por territorio formoseño y el tren se detuvo en la localidad de Estanislao del Campo. Alguien llegó pidiendo auxilio para una parturienta y el galeno no dudó en prestar ayuda con resultado exitoso y tampoco titubeó en quedarse cuando un grupo de vecinos se lo pidió, ya que no tenían un doctor en el pueblo en muchos kilómetros a la redonda.


El hombre se llamaba Esteban Laureano Maradona y su parada en Estanislao del Campo duró 50 años. Medio siglo de alguien que optó por quedarse a vivir sin electricidad ni ningún otro tipo de servicio y prestando ayuda sin cobrar un peso a la comunidad indígena del lugar.


Este Maradona, desconocido para muchos argentinos, decía que él sólo cumplía con el juramento hipocrático que “es hacer el bien a sus semejantes”. En honor, no sólo a este médico, sino a todos los que eligen serlo en los sitios más alejados, y con la finalidad de abrir el debate sobre una medicina más humana, es que charlamos con Francisco Pinol, el doctor de Agua Escondida y alrededores.


Francisco hace patria


“Mi psicóloga dice que yo me escapé de Mendoza”, arranca Francisco hablando sobre él. Pancho, como lo conocen todos, tiene 40 años, se recibió de médico a los 30, hace siete que decidió especializarse como médico de familia y cinco que vive en la ruralidad, a la que concibe como “un espacio olvidado en el tiempo y por la sociedad; un sitio con otro idioma, es lo desconocido, lo anhelado y lo que muchos llaman ‘hacer patria’”.


Y asegura: “Yo hago lo que me gusta, más allá de lo que digan, encontré lo que me gusta hacer en la vida. Son muchas cosas y todas se engloban en esto: todos los meses vuelvo”.


Francisco dio sus primeros pasos dentro de la ruralidad en la provincia de Neuquén, en un pueblo llamado Las Coloradas, donde –según relata– aprendió mucho de lo que sabe y hoy puede poner a disposición de los habitantes de Agua Escondida.


Irse para crecer


“Siempre estaba buscando una alternativa: acá era un médico común y corriente, trabajaba en la OSEP, hacía domicilios, ganaba para pagar tarjetas de crédito. Yo necesitaba interiormente un cambio y se dio la posibilidad de ir a trabajar a un pueblito de Neuquén”, recordó el médico. Incluso sabiendo que le faltaba experiencia para atender en un lugar así, dejó todo y se fue con la idea de buscar algo mejor. “Acá, en la ciudad, la medicina es un comercio; se ha perdido lo básico, que es que el médico trabaje para los pacientes verdaderamente y que no se convierta en un negocio”, explicó, y ejemplificó la situación: “Acá uno tiene más clientes que pacientes. Se los manosea y se ha encarnizado mucho más el tema con los laboratorios y las obras sociales. Yo, hoy por hoy, estoy muy contento y orgulloso de trabajar para el Estado y no quiero tener otro tipo de vinculación porque eso genera cierta dependencia. Atiendo y no me pongo a pensar si me van a pagar más a fin de mes. Trato de estar ahí, hacer lo que me gusta y ganar lo suficiente para vivir”.


Hay que humanizar la medicina


Como cualquier persona que ama su profesión y se siente a gusto donde está, busca el lugar para ejercerla de la forma más coherente de acuerdo a lo que siente: “Mi visión de paciente es diferente a la que se tiene acá, y mis ‘pacientes urbanos’ no lo entienden, porque necesitan que les hagan cosas, que les den medicación. Eso tiene que ver con que en los últimos años el médico le tiene miedo a su reacción, entonces pone una barrera para no involucrarse y, a la vez, le da más remedios y le pide estudios de todo tipo como para cubrirse las espaldas por los juicios de mala praxis”, detalló Pancho.


“Es normal escuchar en la ciudad comentarios como: ‘fui al médico y no me hizo, ni me dio nada’”, explicó, y amplió la escena: “Se ha perdido el contacto entre paciente y médico, al estar en una situación donde reina la cultura de lo inmediato, de la exactitud. Uno quiere que lo atiendan ya mismo y es probable que nunca vuelva a ver a ese profesional, ya que no existe contención ni confianza entre los dos”.


La charla nos llevó a la nostalgia que genera la frase “todo tiempo pasado fue mejor”, y en esa nostalgia aparecen imágenes de niños jugando al ‘ring raje’, a las escondidas o a las bolitas en la calle, a personas disfrutando del aire puro y sin el rigor de las agujas del reloj, las interminables charlas de amigos y las salidas en familia. “Donde yo estoy todavía se vive eso”, reflexionó Francisco, y ese lugar es Agua Escondida.


Un destino soñado


“Tiene 450 habitantes en la zona más urbana y alrededor de 650 habitantes distribuidos en el resto del territorio. Está a 200 kilómetros de Malargüe, es justo el ángulo recto que se forma en el límite entre Mendoza y La Pampa”, explicó Pancho sobre Agua Escondida, y lo graficó así: “Para que te des una idea, estoy a un ‘salto de acequia’ de La Pampa”


Francisco es el director del centro de salud y su radio de acción es de 100 kilómetros a la redonda, pero como encargado del Área 4 su territorio es de 12 mil kilómetros cuadrados y limita con General Alvear, San Rafael, Neuquén y la reserva natural de La Payunia. De hecho, para llegar hasta el centro de salud donde atiende, uno tiene que cruzar dos reservas naturales mendocinas que hacen de la distancia un lugar maravilloso. “He recorrido prácticamente todo el territorio y me siento orgulloso de eso”, reconoció.


También docente


Nuestro personaje habla de las cosas que faltan, como mejorar el vehículo de traslado, dado que se trata de campos con caminos poco amigables para una ambulancia citadina, además de algunas limitaciones a la hora de trabajar. Pero también de los beneficios del plan ‘Remediar’, por el que, a través del Ministerio de Salud de la Nación, les facilitan un botiquín con medicamentos básicos a los centros de salud, lo que para una localidad donde no hay farmacia es fundamental.


También, con extrema humildad, Pancho reconoció que en ciertos lugares la profesión de médico está sobrevaluada. “En estos lugares, el respeto por el médico es muchas veces exagerado. A mí me pone incómodo, sin mérito real, que por el simple hecho de ser médico te traten de señor”, dijo sonrojándose, pero también sabe que para quienes viven en lugares alejados de las grandes urbes todo se valora desde otro lugar y con otra mirada.


“Yo algún día me voy a ir del campo porque me canse, porque me jubile o porque me muera y alguien tiene que quedar. La docencia me gusta y colaboro con la cátedra de Clínica Médica, ad honorem, llevando alumnos del último año de Medicina al campo, para que hagan su rotación. Ninguno ha picado, pero al menos les ha gustado”, relató entre risas.


“La idea de la rotación es generar conciencia de vida, recuperar la relación entre médico y paciente, porque existe otra forma de ver la medicina y de ver a un paciente que deja de ser una faringitis para tener nombre. Adquiere identidad y la relación termina siendo diferente porque ya te importa más”, explicó.


¿Cuánto dura la consulta? La respuesta es simple: “Dura lo que tiene que durar y yo siempre trato de que haya un plus, que puede ser un abrazo, escuchar al paciente, incluso, conocer su nombre, apellido y su apodo”.


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Francisco Pinol Castillo: “Se ha perdido el contacto entre médico y paciente”

Hay historias que nos remontan a otras un poco más lejanas y, a veces, hasta olvidadas, como la de aquel médico que viajaba por territorio formoseño y el tren se detuvo en la localidad de Estanislao del Campo. Alguien llegó pidiendo auxilio para una parturienta y el galeno no dudó en prestar ayuda con resultado exitoso y tampoco titubeó en quedarse cuando un grupo de vecinos se lo pidió, ya que no tenían un doctor en el pueblo en muchos kilómetros a la redonda.

El hombre se llamaba Esteban Laureano Maradona y su parada en Estanislao del Campo duró 50 años. Medio siglo de alguien que optó por quedarse a vivir sin electricidad ni ningún otro tipo de servicio y prestando ayuda sin cobrar un peso a la comunidad indígena del lugar.

Este Maradona, desconocido para muchos argentinos, decía que él sólo cumplía con el juramento hipocrático que “es hacer el bien a sus semejantes”. En honor, no sólo a este médico, sino a todos los que eligen serlo en los sitios más alejados, y con la finalidad de abrir el debate sobre una medicina más humana, es que charlamos con Francisco Pinol, el doctor de Agua Escondida y alrededores.

Francisco hace patria

“Mi psicóloga dice que yo me escapé de Mendoza”, arranca Francisco hablando sobre él. Pancho, como lo conocen todos, tiene 40 años, se recibió de médico a los 30, hace siete que decidió especializarse como médico de familia y cinco que vive en la ruralidad, a la que concibe como “un espacio olvidado en el tiempo y por la sociedad; un sitio con otro idioma, es lo desconocido, lo anhelado y lo que muchos llaman ‘hacer patria’”.

Y asegura: “Yo hago lo que me gusta, más allá de lo que digan, encontré lo que me gusta hacer en la vida. Son muchas cosas y todas se engloban en esto: todos los meses vuelvo”.

Francisco dio sus primeros pasos dentro de la ruralidad en la provincia de Neuquén, en un pueblo llamado Las Coloradas, donde –según relata– aprendió mucho de lo que sabe y hoy puede poner a disposición de los habitantes de Agua Escondida.

Irse para crecer

“Siempre estaba buscando una alternativa: acá era un médico común y corriente, trabajaba en la OSEP, hacía domicilios, ganaba para pagar tarjetas de crédito. Yo necesitaba interiormente un cambio y se dio la posibilidad de ir a trabajar a un pueblito de Neuquén”, recordó el médico. Incluso sabiendo que le faltaba experiencia para atender en un lugar así, dejó todo y se fue con la idea de buscar algo mejor. “Acá, en la ciudad, la medicina es un comercio; se ha perdido lo básico, que es que el médico trabaje para los pacientes verdaderamente y que no se convierta en un negocio”, explicó, y ejemplificó la situación: “Acá uno tiene más clientes que pacientes. Se los manosea y se ha encarnizado mucho más el tema con los laboratorios y las obras sociales. Yo, hoy por hoy, estoy muy contento y orgulloso de trabajar para el Estado y no quiero tener otro tipo de vinculación porque eso genera cierta dependencia. Atiendo y no me pongo a pensar si me van a pagar más a fin de mes. Trato de estar ahí, hacer lo que me gusta y ganar lo suficiente para vivir”.

Hay que humanizar la medicina

Como cualquier persona que ama su profesión y se siente a gusto donde está, busca el lugar para ejercerla de la forma más coherente de acuerdo a lo que siente: “Mi visión de paciente es diferente a la que se tiene acá, y mis ‘pacientes urbanos’ no lo entienden, porque necesitan que les hagan cosas, que les den medicación. Eso tiene que ver con que en los últimos años el médico le tiene miedo a su reacción, entonces pone una barrera para no involucrarse y, a la vez, le da más remedios y le pide estudios de todo tipo como para cubrirse las espaldas por los juicios de mala praxis”, detalló Pancho.

“Es normal escuchar en la ciudad comentarios como: ‘fui al médico y no me hizo, ni me dio nada’”, explicó, y amplió la escena: “Se ha perdido el contacto entre paciente y médico, al estar en una situación donde reina la cultura de lo inmediato, de la exactitud. Uno quiere que lo atiendan ya mismo y es probable que nunca vuelva a ver a ese profesional, ya que no existe contención ni confianza entre los dos”.

La charla nos llevó a la nostalgia que genera la frase “todo tiempo pasado fue mejor”, y en esa nostalgia aparecen imágenes de niños jugando al ‘ring raje’, a las escondidas o a las bolitas en la calle, a personas disfrutando del aire puro y sin el rigor de las agujas del reloj, las interminables charlas de amigos y las salidas en familia. “Donde yo estoy todavía se vive eso”, reflexionó Francisco, y ese lugar es Agua Escondida.

Un destino soñado

“Tiene 450 habitantes en la zona más urbana y alrededor de 650 habitantes distribuidos en el resto del territorio. Está a 200 kilómetros de Malargüe, es justo el ángulo recto que se forma en el límite entre Mendoza y La Pampa”, explicó Pancho sobre Agua Escondida, y lo graficó así: “Para que te des una idea, estoy a un ‘salto de acequia’ de La Pampa”

Francisco es el director del centro de salud y su radio de acción es de 100 kilómetros a la redonda, pero como encargado del Área 4 su territorio es de 12 mil kilómetros cuadrados y limita con General Alvear, San Rafael, Neuquén y la reserva natural de La Payunia. De hecho, para llegar hasta el centro de salud donde atiende, uno tiene que cruzar dos reservas naturales mendocinas que hacen de la distancia un lugar maravilloso. “He recorrido prácticamente todo el territorio y me siento orgulloso de eso”, reconoció.

También docente

Nuestro personaje habla de las cosas que faltan, como mejorar el vehículo de traslado, dado que se trata de campos con caminos poco amigables para una ambulancia citadina, además de algunas limitaciones a la hora de trabajar. Pero también de los beneficios del plan ‘Remediar’, por el que, a través del Ministerio de Salud de la Nación, les facilitan un botiquín con medicamentos básicos a los centros de salud, lo que para una localidad donde no hay farmacia es fundamental.

También, con extrema humildad, Pancho reconoció que en ciertos lugares la profesión de médico está sobrevaluada. “En estos lugares, el respeto por el médico es muchas veces exagerado. A mí me pone incómodo, sin mérito real, que por el simple hecho de ser médico te traten de señor”, dijo sonrojándose, pero también sabe que para quienes viven en lugares alejados de las grandes urbes todo se valora desde otro lugar y con otra mirada.

“Yo algún día me voy a ir del campo porque me canse, porque me jubile o porque me muera y alguien tiene que quedar. La docencia me gusta y colaboro con la cátedra de Clínica Médica, ad honorem, llevando alumnos del último año de Medicina al campo, para que hagan su rotación. Ninguno ha picado, pero al menos les ha gustado”, relató entre risas.

“La idea de la rotación es generar conciencia de vida, recuperar la relación entre médico y paciente, porque existe otra forma de ver la medicina y de ver a un paciente que deja de ser una faringitis para tener nombre. Adquiere identidad y la relación termina siendo diferente porque ya te importa más”, explicó.

¿Cuánto dura la consulta? La respuesta es simple: “Dura lo que tiene que durar y yo siempre trato de que haya un plus, que puede ser un abrazo, escuchar al paciente, incluso, conocer su nombre, apellido y su apodo”.

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