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Por Redacción

Escabio y gorra también van de la mano



La imprudencia al volante, atada al consumo excesivo de alcohol, es una problemática que atraviesa demasiadas barreras sociales, al punto tal de salpicar por estos días a la fuerza policial. Es que algunos de los encargados de detener a los borrachos y demorarlos al costado del camino, paradójicamente, hoy son protagonistas y victimarios.


Sin embargo el fenómeno es mucho más complejo y antes de hacer cualquier juicio de valor sobre todo el cuerpo policial, vale la pena tener en cuenta algunas cosas que trasciende estadísticas y prejuicios.


La policía representa el último eslabón en toda la estructura piramidal en la jerarquía del sistema de Seguridad provincial. Simbolizan, además, la protección, personifican al orden social y también ante todo son personas. Ciudadanos que todos los días trabajan en las calles y que naturalmente se enferman, enloquecen, pierden la paciencia y, a veces, hasta se drogan con sustancias ilegales incautadas a otros adictos, otros locos.


Pero existe una diferencia central a tener en cuenta y la misma radica en que varios oficiales de Policía portan armas o conducen un vehículo que, al igual que una pistola mal usada, también puede matar.


Esta misma realidad se repite a nivel nacional. En enero, en Salta un efectivo alcoholizado chocó contra una parada de colectivo. En febrero, en Buenos Aires un peatón fue arrollado y muerto a manos de un policía borracho y en marzo la provincia de Corrientes fue testigo de un grave accidente con dos muertos, provocado por un uniformado fuera de sus cabales.


Inclusive, el aumento de suicidios concretados con armas reglamentadas también habla de un retroceso en relación a controles psicológicos y pruebas de admisión cuando una persona desea ingresar a la fuerza. En pocas palabras, un policía no puede estar mentalmente desequilibrado y tampoco debe convivir con una adicción a una sustancia psicoactiva como el alcohol. Es un funcionario que está para salvar vidas y necesita ser amparado por un sistema de contención que lo proteja diariamente en función del trabajo que realiza.


Pero esto no pasa. Fueron 15 los efectivos que le reconocieron a El Ciudadano que aún trabajando con el delito, no están obligados a seguir un tratamiento psicológico. “Hay quienes necesitan contención profesional a raíz de su trabajo diario y claramente la Policía es un buen ejemplo”, dijo al respecto Eduardo Gullota, psicoanalista especializado en personas que se encuentran bajo estrés constante.


Lo cierto es que los controles obligatorios establecidos con fuerza de ley no se cumplen y solo es obligatorio para agentes del sistema penitenciario. Los que están en la calle, que se las arreglen solos con su locura./ Orlando Tirapu


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Escabio y gorra también van de la mano

La imprudencia al volante, atada al consumo excesivo de alcohol, es una problemática que atraviesa demasiadas barreras sociales, al punto tal de salpicar por estos días a la fuerza policial. Es que algunos de los encargados de detener a los borrachos y demorarlos al costado del camino, paradójicamente, hoy son protagonistas y victimarios.

Sin embargo el fenómeno es mucho más complejo y antes de hacer cualquier juicio de valor sobre todo el cuerpo policial, vale la pena tener en cuenta algunas cosas que trasciende estadísticas y prejuicios.

La policía representa el último eslabón en toda la estructura piramidal en la jerarquía del sistema de Seguridad provincial. Simbolizan, además, la protección, personifican al orden social y también ante todo son personas. Ciudadanos que todos los días trabajan en las calles y que naturalmente se enferman, enloquecen, pierden la paciencia y, a veces, hasta se drogan con sustancias ilegales incautadas a otros adictos, otros locos.

Pero existe una diferencia central a tener en cuenta y la misma radica en que varios oficiales de Policía portan armas o conducen un vehículo que, al igual que una pistola mal usada, también puede matar.

Esta misma realidad se repite a nivel nacional. En enero, en Salta un efectivo alcoholizado chocó contra una parada de colectivo. En febrero, en Buenos Aires un peatón fue arrollado y muerto a manos de un policía borracho y en marzo la provincia de Corrientes fue testigo de un grave accidente con dos muertos, provocado por un uniformado fuera de sus cabales.

Inclusive, el aumento de suicidios concretados con armas reglamentadas también habla de un retroceso en relación a controles psicológicos y pruebas de admisión cuando una persona desea ingresar a la fuerza. En pocas palabras, un policía no puede estar mentalmente desequilibrado y tampoco debe convivir con una adicción a una sustancia psicoactiva como el alcohol. Es un funcionario que está para salvar vidas y necesita ser amparado por un sistema de contención que lo proteja diariamente en función del trabajo que realiza.

Pero esto no pasa. Fueron 15 los efectivos que le reconocieron a El Ciudadano que aún trabajando con el delito, no están obligados a seguir un tratamiento psicológico. “Hay quienes necesitan contención profesional a raíz de su trabajo diario y claramente la Policía es un buen ejemplo”, dijo al respecto Eduardo Gullota, psicoanalista especializado en personas que se encuentran bajo estrés constante.

Lo cierto es que los controles obligatorios establecidos con fuerza de ley no se cumplen y solo es obligatorio para agentes del sistema penitenciario. Los que están en la calle, que se las arreglen solos con su locura./ Orlando Tirapu

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