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Entretelones de una cumbre – Ni tú bordas pañuelos, ni yo rompo contratos
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Por Redacción

Entretelones de una cumbre – Ni tú bordas pañuelos, ni yo rompo contratos



Qué lejos quedó aquella jornada del 26 de mayo del 2003, cuando Fidel Castro le habló a una multitud en el barrio de Recoleta –buena parte de ella de clase media-, que lo aguantó piadosamente durante dos horas y media, desde las escalinatas del imponente edificio de la Facultad de Derecho de la UBA. “El pueblo de Buenos Aires les está enviando un mensaje a aquellos que quieren bombardear a nuestra patria”, dramatizó Fidel ante la multitud que lo escuchaba embelesada.


Una diferencia, todas las diferencias

Como habíamos adelantado hace apenas tres semanas, esta Cumbre de las Américas fue un encuentro cargado de contradicciones y dilucidaciones para el continente. Por un lado, impuso a algunos mandatarios de la región, hacer frente a la refutación que permanentemente plantea la realidad a sus ideas y, por otro, obligó a muchos a dar explicaciones.

El propio Raúl Castro, después de un largo inventario de reproches contra los Estados Unidos, se vio forzado a elogiar al presidente Obama: “Es un hombre honesto, al que admiro”, dijo Castro después de asegurar haber leído dos libros de su par norteamericano. Sólo fue vehemente cuando se refirió al pasado y pidió disculpas por ello.

Una sola diferencia hizo todas las diferencias. Esta vez Cuba participó de la cumbre, incluso con uno de los Castro en el poder. Una situación que, para algunos de los presidentes asistentes de la Unasur, fue insólita y para otros, casi insoportable.

Porque no fue sólo la asistencia, además tuvieron que sobrellevar los mutuos elogios y agradecimientos. Nada es gratis en una región en la que está llegando el punto final y el desenlace de los regímenes políticos con un marcado corte populista.

¿Qué hace distinta a esta cumbre de las anteriores? Fuera de los límites dominados por el reencuentro y la reconciliación, un dejo de rencor y de amargura con mucho sabor a traición y a desengaño. Esta es la realidad de lo que se vivió. Lo demás, es sólo anecdotario popular.

Fuera del exclusivo círculo de amigos que ahora integra Cuba junto a los Estados Unidos, hay una dispersión donde reina la intemperie. Una sensación de despecho y abandono, de desamparo tal vez. Los discursos de algunos de los presidentes de la Unasur estuvieron cargados de ello.

Y es que el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos inaugura una nueva era de las relaciones interregionales. Los políticos populistas –autodenominados progresistas- de la región han perdido la comodidad que les otorgaba la versión épica del relato antinorteamericano. El propio Castro (Raúl), hermano del legendario Fidel, ha escrito en letras de molde la palabra “fin” a una leyenda que tan bien servía para los discursos.

Un relato cuya efectividad quedó demostrada durante casi sesenta años y que se había convertido en irremplazable. Este es otro tiempo, con sus propias utopías y su épica particular, pero muy distintas a las de los románticos y bipolares años de la Guerra Fría.


Un baño de realidad

El mundo ha dado muchas vueltas sobre sí mismo desde aquel tiempo y Nicolás Maduro no está para reemplazar a Fidel Castro en este nuevo mundo. Ni siquiera Chávez estaba para semejante empresa.

No sabemos qué es lo que molestó más al pequeño grupo que se atrinchera en la persistente ideología del populismo regional; si la nueva política de acercamiento y amistad hacia Cuba del presidente norteamericano, que los dejó sin discurso, o esa profundización del conflicto con el régimen bolivariano, que representan las sanciones a funcionarios venezolanos. Una de estas cosas parece haberles roto el corazón.

Tantas veces hemos insistido en que las distorsiones que produce la ideología no se curan con más y mejor academia, sino con más realidad. Sin un buen baño de realidad, cómo explicarles que en política y en relaciones internacionales lo que cuentan son los intereses. Y, entre éstos, los intereses nacionales son los que mandan.

Los hermanos Castro parecen haber recapacitado y por eso piensan que todavía no es demasiado tarde o, tal vez, lo hacen por el mismo motivo que los llevó a condenar a sus compatriotas por tantos años al aislamiento, la pobreza y el desamparo: el suyo propio.

¿Acaso, lo que están haciendo Obama y Castro, no es lo que les había pedido el papa Francisco a los presidentes que iban a reunirse en la cumbre, cuando reclamaba un diálogo sincero para afrontar con realismo los problemas del continente? Y la lucha contra la inequidad que, según su Santidad, es la fuente de todos los conflictos.

Para unos pocos, esta cumbre ha dejado un sabor amargo. Para el presidente venezolano, Nicolás Maduro, algo más que eso, mucho más. Maduro debe justificar ahora lo inexplicable, ante sus propios compatriotas.

Durante largo tiempo el régimen chavista ha enviado ingentes cantidades de dinero, petróleo y ayuda económica a una Cuba que, ante el derrumbe del precio del barril de crudo, ahora le da la espalda a su benefactor –el único que le quedaba- y lo desampara ideológicamente; lo deja solo, transitando un camino irreversible de dificultades políticas, económicas y sociales.

Los gestos de algunos presidentes fueron más elocuentes que sus discursos. En un momento, cuando ya todo se había dicho, un cruce de miradas pareció repetir los versos de Joaquín Sabina: “Ni tú bordas pañuelos, ni yo rompo contratos”. Esta cumbre dejó la certeza de que muchos de los dirigentes de la América del Sur necesitan un buen baño de realidad y humildad.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Entretelones de una cumbre – Ni tú bordas pañuelos, ni yo rompo contratos

Qué lejos quedó aquella jornada del 26 de mayo del 2003, cuando Fidel Castro le habló a una multitud en el barrio de Recoleta –buena parte de ella de clase media-, que lo aguantó piadosamente durante dos horas y media, desde las escalinatas del imponente edificio de la Facultad de Derecho de la UBA. “El pueblo de Buenos Aires les está enviando un mensaje a aquellos que quieren bombardear a nuestra patria”, dramatizó Fidel ante la multitud que lo escuchaba embelesada.

Una diferencia, todas las diferencias
Como habíamos adelantado hace apenas tres semanas, esta Cumbre de las Américas fue un encuentro cargado de contradicciones y dilucidaciones para el continente. Por un lado, impuso a algunos mandatarios de la región, hacer frente a la refutación que permanentemente plantea la realidad a sus ideas y, por otro, obligó a muchos a dar explicaciones.
El propio Raúl Castro, después de un largo inventario de reproches contra los Estados Unidos, se vio forzado a elogiar al presidente Obama: “Es un hombre honesto, al que admiro”, dijo Castro después de asegurar haber leído dos libros de su par norteamericano. Sólo fue vehemente cuando se refirió al pasado y pidió disculpas por ello.
Una sola diferencia hizo todas las diferencias. Esta vez Cuba participó de la cumbre, incluso con uno de los Castro en el poder. Una situación que, para algunos de los presidentes asistentes de la Unasur, fue insólita y para otros, casi insoportable.
Porque no fue sólo la asistencia, además tuvieron que sobrellevar los mutuos elogios y agradecimientos. Nada es gratis en una región en la que está llegando el punto final y el desenlace de los regímenes políticos con un marcado corte populista.
¿Qué hace distinta a esta cumbre de las anteriores? Fuera de los límites dominados por el reencuentro y la reconciliación, un dejo de rencor y de amargura con mucho sabor a traición y a desengaño. Esta es la realidad de lo que se vivió. Lo demás, es sólo anecdotario popular.
Fuera del exclusivo círculo de amigos que ahora integra Cuba junto a los Estados Unidos, hay una dispersión donde reina la intemperie. Una sensación de despecho y abandono, de desamparo tal vez. Los discursos de algunos de los presidentes de la Unasur estuvieron cargados de ello.
Y es que el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos inaugura una nueva era de las relaciones interregionales. Los políticos populistas –autodenominados progresistas- de la región han perdido la comodidad que les otorgaba la versión épica del relato antinorteamericano. El propio Castro (Raúl), hermano del legendario Fidel, ha escrito en letras de molde la palabra “fin” a una leyenda que tan bien servía para los discursos.
Un relato cuya efectividad quedó demostrada durante casi sesenta años y que se había convertido en irremplazable. Este es otro tiempo, con sus propias utopías y su épica particular, pero muy distintas a las de los románticos y bipolares años de la Guerra Fría.

Un baño de realidad
El mundo ha dado muchas vueltas sobre sí mismo desde aquel tiempo y Nicolás Maduro no está para reemplazar a Fidel Castro en este nuevo mundo. Ni siquiera Chávez estaba para semejante empresa.
No sabemos qué es lo que molestó más al pequeño grupo que se atrinchera en la persistente ideología del populismo regional; si la nueva política de acercamiento y amistad hacia Cuba del presidente norteamericano, que los dejó sin discurso, o esa profundización del conflicto con el régimen bolivariano, que representan las sanciones a funcionarios venezolanos. Una de estas cosas parece haberles roto el corazón.
Tantas veces hemos insistido en que las distorsiones que produce la ideología no se curan con más y mejor academia, sino con más realidad. Sin un buen baño de realidad, cómo explicarles que en política y en relaciones internacionales lo que cuentan son los intereses. Y, entre éstos, los intereses nacionales son los que mandan.
Los hermanos Castro parecen haber recapacitado y por eso piensan que todavía no es demasiado tarde o, tal vez, lo hacen por el mismo motivo que los llevó a condenar a sus compatriotas por tantos años al aislamiento, la pobreza y el desamparo: el suyo propio.
¿Acaso, lo que están haciendo Obama y Castro, no es lo que les había pedido el papa Francisco a los presidentes que iban a reunirse en la cumbre, cuando reclamaba un diálogo sincero para afrontar con realismo los problemas del continente? Y la lucha contra la inequidad que, según su Santidad, es la fuente de todos los conflictos.
Para unos pocos, esta cumbre ha dejado un sabor amargo. Para el presidente venezolano, Nicolás Maduro, algo más que eso, mucho más. Maduro debe justificar ahora lo inexplicable, ante sus propios compatriotas.
Durante largo tiempo el régimen chavista ha enviado ingentes cantidades de dinero, petróleo y ayuda económica a una Cuba que, ante el derrumbe del precio del barril de crudo, ahora le da la espalda a su benefactor –el único que le quedaba- y lo desampara ideológicamente; lo deja solo, transitando un camino irreversible de dificultades políticas, económicas y sociales.
Los gestos de algunos presidentes fueron más elocuentes que sus discursos. En un momento, cuando ya todo se había dicho, un cruce de miradas pareció repetir los versos de Joaquín Sabina: “Ni tú bordas pañuelos, ni yo rompo contratos”. Esta cumbre dejó la certeza de que muchos de los dirigentes de la América del Sur necesitan un buen baño de realidad y humildad.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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