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Elías Adi: “Pido y agradezco mucho”
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Por Redacción

Elías Adi: “Pido y agradezco mucho”



Los seres humanos recorren caminos. No saben por dónde los van a llevar y de eso se trata la vida. Con las historias pasa lo mismo: nos llegan en forma de comentarios con el clásico “¿sabías que fulano de tal hace tal o cual cosa?”. Y muchas veces ese comentario es el disparador que nos lleva a conocer a otras personas, incluso a conocer facetas nuevas de personas que ya conocíamos… Algo así sucedió con el protagonista de esta historia.


Se llama Elías Adi y El Ciudadano llegó hasta su consultorio para conocerlo mejor. Sabíamos acerca de algunas acciones solidarias que emprendía desde el anonimato, y sin salir de su sorpresa empezó a charlar con nosotros.


“Sí, a veces atiendo a personas que no pueden pagar mi trabajo, lo hago porque lo siento así”, dice el profesional oriundo del Este provincial y parte de una familia donde cuatro de sus miembros le hacen honor a la odontología.


Primeros pasos


“Mi viejo es odontólogo y nos inculcó el amor a la profesión”, relata este joven profesional que se declara amante de la odontología y de los motores, al punto tal de que por intentar fundir ambas pasiones en una sola se ‘ligó’ uno de los retos más grandes de su vida. “Una gran c…. a pedos de mi viejo fue porque estaba preparando la tapa de cilindro para una moto con un torno de los que se usan para el consultorio”, recuerda, y sonríe mientras deja en claro que nació para lo que hace hoy: ejercer la odontología y disfrutar de los motores, pero esto sólo como hobby.


A medida que la charla avanza aparecen las anécdotas que afirman aún más su elección de vida. “A principios de los 90 le hice a mi vieja el primer implante cuando tenía 16 años. Estaba en la secundaria, mi viejo me enseñaba y también iba aprender al laboratorio donde le hacían los laburos. Le hacía los trabajos a mi papá y me los corregía el dueño del laboratorio”, recuerda Elías.


“A los 18 me fui a estudiar a Córdoba, vivía en zona de La Cañada, donde conocí muchas historias. Era zona de prostitutas, hippies, la feria de pulgas, había de todo ahí”, recuerda de sus primeros años de facultad.


Aventura cordobesa


“Uno a veces discrimina porque sí”, sigue con su relato, y agrega: “Vivía en un décimo piso en esa zona que después de las 6 de la tarde era considerada una zona roja. Como al empezar primer año ya sabía hacer muchas cosas, me pude bancar la carrera sin necesidad de pedirle plata a mi viejo. Era un estudiante de lujo, ganaba plata, mis mejores pacientes fueron las prostitutas, que siempre pagaban en efectivo y por lo general tenían la boca molida”.


Eran las mismas trabajadoras que cuando iban a otros centros odontológicos o no las atendían o les cobraban cifras que no podían pagar. “Ellas fueron mis primeras y mejores pacientes”, rememora, y califica a muchas como “muy agradecidas. A veces me pagaban más de lo que les cobraba y además me cuidaban el Citröen que tenía y dejaba estacionado en la puerta del edificio donde vivía. Ahí todas las noches pasaba algo, había robos o tiroteos, pero a mí nunca me pasó nada”.


El hecho de atender a las chicas que trabajan en la calle no sólo le dio la posibilidad de conocer sus historias tristes, porque también debió atender bajo amenaza a algún que otro proxeneta. “Tuve que comerme dos garrones grandes con dos ‘fiolos’ que pensaban que llevaba a las chicas gratis a mi departamento, donde tenía mi consultorio, porque ellos no creían que les arreglaba los dientes. A ese tipo lo tuve que atender y hacerle un montón de arreglos, todos gratis, porque me amenazó mal”.


Después de un par de episodios de calibre Adi armó su consultorio en un espacio cedido por un amigo que por esos días tenía un bar en la planta baja del mismo edificio donde vivía, explica, y recuerda algunas de las historias más terribles de las mujeres que, una vez en confianza y como forma de gratitud, le confiaban al “doctor”. “Me llamaban doctor desde que tenía 19 años”, comenta.


De temporada con la farándula


Elías atiende actualmente en Rivadavia, en su nuevo consultorio de Godoy Cruz y también en Carlos Paz, ciudad en la que empezó a ejercer  su profesión y a la que viaja al menos una vez al mes, porque hay personas que lo esperan.


También recibe pacientes que cruzan la cordillera para hacerse atender con él y explica: “Yo no soy el mejor, porque hay muchos buenos, pero por algo me deben elegir. Debe ser porque no los mato con el precio”, dice, y aclara que el tipo de trabajos que realiza por lo general son caros porque se trata de estética.


El solidario odontólogo no sólo se vinculó con personas de bajos recursos en Córdoba, ya que también entre sus pacientes hay algunas caras famosas del mundo del espectáculo. “Todo nació porque conocí a la escenógrafa de Sofovich. La atendí y ‘me metió’ en el circuito de la farándula: Valeria Linch, Ileana Calabró, María Marta Serra Lima y Marcos Gómez, más conocido como El Bicho Gómez, con quien mantiene “una linda amistad”, integran la lista de sus pacientes.


Creer, pedir, agradecer


Una joven aguarda su turno en la recepción; la adolescente necesita un trabajo de reconstrucción que fue presupuestado en otro consultorio muy lejos del alcance de su abuelo jubilado, quien con Elías acordó un precio accesible con el objetivo de que la chica vuelva a sonreír y el abuelo no se endeude ni pierda sus ahorros.


La misma suerte han tenido algunos niños que trabajan en la calle y otras personas que, sin tener obra social ni dinero para pagar, han visto mejorada su salud bucal y por lo tanto su calidad de vida.


Quizás por el gesto de atender a quienes nadie quería hacerlo, por los valores inculcados por la mamá de Elías –que según su hijo “está en Cáritas desde que tiene uso de razón”– o por un par de quiebres y situaciones personales complicadas que le tocó atravesar en sus casi 40 años de vida, es que siente la necesidad de devolver a la sociedad algo de todo lo que ha recibido. “Yo pido mucho, pero también agradezco mucho”, confiesa.


“Cuando mi hermano menor era chico y jugaba al básquet, un día estaba jugando con Regatas y se pegó un cabezazo con otro pibe al que le volaron los dientes. Nos fuimos rápido al consultorio porque atendiéndolo dentro de las tres horas de producido el golpe le podíamos salvar las piezas y ahora tiene 24 años y anda con los dientes que yo le arreglé en su momento”.


“A mí me gusta que pasen los años y la gente me siga saludando. A todos nos gusta hacer negocios pero hay que separar lo marketinero de lo que uno hace porque lo siente así”, reflexiona, y remata mientras sonríe: “Nunca hice una nota como esta”.


Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on oline


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Elías Adi: “Pido y agradezco mucho”

Los seres humanos recorren caminos. No saben por dónde los van a llevar y de eso se trata la vida. Con las historias pasa lo mismo: nos llegan en forma de comentarios con el clásico “¿sabías que fulano de tal hace tal o cual cosa?”. Y muchas veces ese comentario es el disparador que nos lleva a conocer a otras personas, incluso a conocer facetas nuevas de personas que ya conocíamos… Algo así sucedió con el protagonista de esta historia.

Se llama Elías Adi y El Ciudadano llegó hasta su consultorio para conocerlo mejor. Sabíamos acerca de algunas acciones solidarias que emprendía desde el anonimato, y sin salir de su sorpresa empezó a charlar con nosotros.

“Sí, a veces atiendo a personas que no pueden pagar mi trabajo, lo hago porque lo siento así”, dice el profesional oriundo del Este provincial y parte de una familia donde cuatro de sus miembros le hacen honor a la odontología.

Primeros pasos

“Mi viejo es odontólogo y nos inculcó el amor a la profesión”, relata este joven profesional que se declara amante de la odontología y de los motores, al punto tal de que por intentar fundir ambas pasiones en una sola se ‘ligó’ uno de los retos más grandes de su vida. “Una gran c…. a pedos de mi viejo fue porque estaba preparando la tapa de cilindro para una moto con un torno de los que se usan para el consultorio”, recuerda, y sonríe mientras deja en claro que nació para lo que hace hoy: ejercer la odontología y disfrutar de los motores, pero esto sólo como hobby.

A medida que la charla avanza aparecen las anécdotas que afirman aún más su elección de vida. “A principios de los 90 le hice a mi vieja el primer implante cuando tenía 16 años. Estaba en la secundaria, mi viejo me enseñaba y también iba aprender al laboratorio donde le hacían los laburos. Le hacía los trabajos a mi papá y me los corregía el dueño del laboratorio”, recuerda Elías.

“A los 18 me fui a estudiar a Córdoba, vivía en zona de La Cañada, donde conocí muchas historias. Era zona de prostitutas, hippies, la feria de pulgas, había de todo ahí”, recuerda de sus primeros años de facultad.

Aventura cordobesa

“Uno a veces discrimina porque sí”, sigue con su relato, y agrega: “Vivía en un décimo piso en esa zona que después de las 6 de la tarde era considerada una zona roja. Como al empezar primer año ya sabía hacer muchas cosas, me pude bancar la carrera sin necesidad de pedirle plata a mi viejo. Era un estudiante de lujo, ganaba plata, mis mejores pacientes fueron las prostitutas, que siempre pagaban en efectivo y por lo general tenían la boca molida”.

Eran las mismas trabajadoras que cuando iban a otros centros odontológicos o no las atendían o les cobraban cifras que no podían pagar. “Ellas fueron mis primeras y mejores pacientes”, rememora, y califica a muchas como “muy agradecidas. A veces me pagaban más de lo que les cobraba y además me cuidaban el Citröen que tenía y dejaba estacionado en la puerta del edificio donde vivía. Ahí todas las noches pasaba algo, había robos o tiroteos, pero a mí nunca me pasó nada”.

El hecho de atender a las chicas que trabajan en la calle no sólo le dio la posibilidad de conocer sus historias tristes, porque también debió atender bajo amenaza a algún que otro proxeneta. “Tuve que comerme dos garrones grandes con dos ‘fiolos’ que pensaban que llevaba a las chicas gratis a mi departamento, donde tenía mi consultorio, porque ellos no creían que les arreglaba los dientes. A ese tipo lo tuve que atender y hacerle un montón de arreglos, todos gratis, porque me amenazó mal”.

Después de un par de episodios de calibre Adi armó su consultorio en un espacio cedido por un amigo que por esos días tenía un bar en la planta baja del mismo edificio donde vivía, explica, y recuerda algunas de las historias más terribles de las mujeres que, una vez en confianza y como forma de gratitud, le confiaban al “doctor”. “Me llamaban doctor desde que tenía 19 años”, comenta.

De temporada con la farándula

Elías atiende actualmente en Rivadavia, en su nuevo consultorio de Godoy Cruz y también en Carlos Paz, ciudad en la que empezó a ejercer  su profesión y a la que viaja al menos una vez al mes, porque hay personas que lo esperan.

También recibe pacientes que cruzan la cordillera para hacerse atender con él y explica: “Yo no soy el mejor, porque hay muchos buenos, pero por algo me deben elegir. Debe ser porque no los mato con el precio”, dice, y aclara que el tipo de trabajos que realiza por lo general son caros porque se trata de estética.

El solidario odontólogo no sólo se vinculó con personas de bajos recursos en Córdoba, ya que también entre sus pacientes hay algunas caras famosas del mundo del espectáculo. “Todo nació porque conocí a la escenógrafa de Sofovich. La atendí y ‘me metió’ en el circuito de la farándula: Valeria Linch, Ileana Calabró, María Marta Serra Lima y Marcos Gómez, más conocido como El Bicho Gómez, con quien mantiene “una linda amistad”, integran la lista de sus pacientes.

Creer, pedir, agradecer

Una joven aguarda su turno en la recepción; la adolescente necesita un trabajo de reconstrucción que fue presupuestado en otro consultorio muy lejos del alcance de su abuelo jubilado, quien con Elías acordó un precio accesible con el objetivo de que la chica vuelva a sonreír y el abuelo no se endeude ni pierda sus ahorros.

La misma suerte han tenido algunos niños que trabajan en la calle y otras personas que, sin tener obra social ni dinero para pagar, han visto mejorada su salud bucal y por lo tanto su calidad de vida.

Quizás por el gesto de atender a quienes nadie quería hacerlo, por los valores inculcados por la mamá de Elías –que según su hijo “está en Cáritas desde que tiene uso de razón”– o por un par de quiebres y situaciones personales complicadas que le tocó atravesar en sus casi 40 años de vida, es que siente la necesidad de devolver a la sociedad algo de todo lo que ha recibido. “Yo pido mucho, pero también agradezco mucho”, confiesa.

“Cuando mi hermano menor era chico y jugaba al básquet, un día estaba jugando con Regatas y se pegó un cabezazo con otro pibe al que le volaron los dientes. Nos fuimos rápido al consultorio porque atendiéndolo dentro de las tres horas de producido el golpe le podíamos salvar las piezas y ahora tiene 24 años y anda con los dientes que yo le arreglé en su momento”.

“A mí me gusta que pasen los años y la gente me siga saludando. A todos nos gusta hacer negocios pero hay que separar lo marketinero de lo que uno hace porque lo siente así”, reflexiona, y remata mientras sonríe: “Nunca hice una nota como esta”.

Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on oline

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