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Elecciones en Brasil: un resultado que puede marcar el futuro de la Región
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Por Redacción

Elecciones en Brasil: un resultado que puede marcar el futuro de la Región



Estamos a escasas horas de las elecciones presidenciales en Brasil (5 de octubre), donde en el último mes y medio se ha desatado una verdadera guerra de encuestas. Enormes variaciones entre los porcentajes muestran una movilidad extrema en la intención de voto de la gente. Las preferencias han variado desde la reelección de Dilma Rousseff en primera vuelta, al empate técnico con Marina Silva y un posterior triunfo de esta última en una segunda vuelta.


Después de la sorpresa inicial por el meteórico crecimiento de Silva –tras la repentina muerte del candidato Eduardo Campos, del Partido Socialista de Brasil (PSB)–, los vaivenes de las encuestas no han dejado en paz a los candidatos y analistas. Para citar sólo lo que ha ocurrido en esta última semana, Dilma Rousseff, del PT (Partido de los Trabajadores) osciló, para algunos encuestadores, entre el 36 y el 40 por ciento, mientras Marina Silva del PSB, entre 27 y el 22 por ciento. El fenómeno producido por el ascenso de Silva abre incluso esperanzas al tercer contendiente, Aécio Neves, del PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña), que mide 19 por ciento en algunas encuestas. Todo esto en sólo días.



La corrupción como tema central


Las encuestas en Brasil, como en gran parte del mundo son manipulables y a veces poco creíbles, pero lo que ha ocurrido en Brasil en este último mes y medio tiene muy pocos antecedentes. Si tomamos como ciertos y reales los valores de las encuestas, nos queda la sensación de estar ante un electorado totalmente indeciso, indefinido y cambiante.


Un resultado que ratificara los últimos guarismos haría necesaria una segunda vuelta para definir al presidente de los próximos cuatro años y, es de suponer, que en un eventual balotaje, la mayoría de los votantes del candidato socialdemócrata, ferviente opositor de Rousseff –y particularmente sensibles al tema de la corrupción–, podrían inclinar la balanza hacia Marina Silva (PSB).


En el Estado de San Pablo, según datos del Ibope (Instituto Nacional de Opinión Pública y Estadística), Marina Silva aventajaría con un 38 por ciento a Dilma Rousseff, cuya intención de voto no superaría el 25 por ciento. Este no es un dato menor dado que es la región más poblada del País (40 millones de almas). Es cierto que hay varios asuntos pendientes como la inflación (6%), la debilitada economía y la inseguridad, pero la corrupción parece ser el tema central en estas elecciones presidenciales. La gente le está achacando a este mal ser la causa más eficiente para el desarrollo de todos los otros desarreglos.


En un esfuerzo por revertir esta situación, el expresidente Lula Da Silva, mentor de Rousseff, se mostró con la presidente el pasado 29 de septiembre, y acusó a los partidos de la oposición y a la “prensa conservadora” de hostigar al PT. Se refería sobre todo a una nota de la revista Veja que la semana pasada aseguró, entre otras cosas, que el PT brasileño es tan corrupto como el FPV argentino, y que el PT abusa del clientelismo para conseguir votos entre los más necesitados. Tan presente está lo que ocurre en nuestro país para los brasileños. Aunque, para ser objetivos, el caso de Brasil no es igual al de la Argentina; en Brasil algunos funcionarios corruptos están presos gracias a que la propia Rousseff impulsó varias investigaciones sobre casos resonantes de corrupción durante su mandato.


Nace una esperanza


Dejando de lado el resultado final de estas elecciones, que por supuesto es impredecible, Brasil podría inaugurar a partir de las mismas –incluso siendo reelegida Dilma Roussef-, una nueva etapa en la Región, el ocaso de los populismos y el amanecer de un nuevo republicanismo. Hoy, hasta la propia presidente ha quedado expuesta. Las revelaciones de un exdirectivo de Petrobras, Paulo Costas, que dan cuenta de que Dilma Rousseff le habría solicitado desviar recursos financieros para financiar su campaña electoral en 2010, ponen en un aprieto a la mandataria que busca la reelección.


La gente está poniendo el acento en el tema de la corrupción y sabemos cómo la firme voluntad popular puede modificar la actitud y el comportamiento de los políticos. Como en otro momento la prioridad fue la recuperación de la democracia, hoy el eje parece estar puesto en la honestidad y la honradez de los dirigentes.


El populismo en esta parte del mundo podría haber llegado al punto de hartazgo. Finalmente nuestras sociedades parecen haber comprendido que el relato del clientelismo lleva a más pobreza y marginalidad, a mayores niveles de inseguridad y decadencia, porque fomenta la corrupción estatal hasta límites insospechados.


Nos ilusionamos con una mani pulite sudamericana tan postergada como necesaria. Una vez afianzadas las democracias, la gente se pregunta por qué países tan ricos, tan potentes en recursos naturales, en una región a la que no le falta nada, no logran salir del estancamiento y la pobreza estructural. La respuesta sanadora parece haber empezado a esbozarse: la corrupción dilapida los recursos del Estado, envilece la política y fomenta la ignorancia y la pobreza.


Se está produciendo un proceso de evolución que, a primera vista, parece lento y agobiante, pero que tiene su contrapeso en la perspectiva de un futuro mejor. Ahora, a partir de lo que ocurra en Brasil, puede nacer una nueva manera de hacer política.


No debemos ser demasiado optimistas, pero sí nos podemos dar el gusto de abrigar alguna esperanza.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.


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Elecciones en Brasil: un resultado que puede marcar el futuro de la Región

Estamos a escasas horas de las elecciones presidenciales en Brasil (5 de octubre), donde en el último mes y medio se ha desatado una verdadera guerra de encuestas. Enormes variaciones entre los porcentajes muestran una movilidad extrema en la intención de voto de la gente. Las preferencias han variado desde la reelección de Dilma Rousseff en primera vuelta, al empate técnico con Marina Silva y un posterior triunfo de esta última en una segunda vuelta.

Después de la sorpresa inicial por el meteórico crecimiento de Silva –tras la repentina muerte del candidato Eduardo Campos, del Partido Socialista de Brasil (PSB)–, los vaivenes de las encuestas no han dejado en paz a los candidatos y analistas. Para citar sólo lo que ha ocurrido en esta última semana, Dilma Rousseff, del PT (Partido de los Trabajadores) osciló, para algunos encuestadores, entre el 36 y el 40 por ciento, mientras Marina Silva del PSB, entre 27 y el 22 por ciento. El fenómeno producido por el ascenso de Silva abre incluso esperanzas al tercer contendiente, Aécio Neves, del PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña), que mide 19 por ciento en algunas encuestas. Todo esto en sólo días.

La corrupción como tema central

Las encuestas en Brasil, como en gran parte del mundo son manipulables y a veces poco creíbles, pero lo que ha ocurrido en Brasil en este último mes y medio tiene muy pocos antecedentes. Si tomamos como ciertos y reales los valores de las encuestas, nos queda la sensación de estar ante un electorado totalmente indeciso, indefinido y cambiante.

Un resultado que ratificara los últimos guarismos haría necesaria una segunda vuelta para definir al presidente de los próximos cuatro años y, es de suponer, que en un eventual balotaje, la mayoría de los votantes del candidato socialdemócrata, ferviente opositor de Rousseff –y particularmente sensibles al tema de la corrupción–, podrían inclinar la balanza hacia Marina Silva (PSB).

En el Estado de San Pablo, según datos del Ibope (Instituto Nacional de Opinión Pública y Estadística), Marina Silva aventajaría con un 38 por ciento a Dilma Rousseff, cuya intención de voto no superaría el 25 por ciento. Este no es un dato menor dado que es la región más poblada del País (40 millones de almas). Es cierto que hay varios asuntos pendientes como la inflación (6%), la debilitada economía y la inseguridad, pero la corrupción parece ser el tema central en estas elecciones presidenciales. La gente le está achacando a este mal ser la causa más eficiente para el desarrollo de todos los otros desarreglos.

En un esfuerzo por revertir esta situación, el expresidente Lula Da Silva, mentor de Rousseff, se mostró con la presidente el pasado 29 de septiembre, y acusó a los partidos de la oposición y a la “prensa conservadora” de hostigar al PT. Se refería sobre todo a una nota de la revista Veja que la semana pasada aseguró, entre otras cosas, que el PT brasileño es tan corrupto como el FPV argentino, y que el PT abusa del clientelismo para conseguir votos entre los más necesitados. Tan presente está lo que ocurre en nuestro país para los brasileños. Aunque, para ser objetivos, el caso de Brasil no es igual al de la Argentina; en Brasil algunos funcionarios corruptos están presos gracias a que la propia Rousseff impulsó varias investigaciones sobre casos resonantes de corrupción durante su mandato.

Nace una esperanza

Dejando de lado el resultado final de estas elecciones, que por supuesto es impredecible, Brasil podría inaugurar a partir de las mismas –incluso siendo reelegida Dilma Roussef-, una nueva etapa en la Región, el ocaso de los populismos y el amanecer de un nuevo republicanismo. Hoy, hasta la propia presidente ha quedado expuesta. Las revelaciones de un exdirectivo de Petrobras, Paulo Costas, que dan cuenta de que Dilma Rousseff le habría solicitado desviar recursos financieros para financiar su campaña electoral en 2010, ponen en un aprieto a la mandataria que busca la reelección.

La gente está poniendo el acento en el tema de la corrupción y sabemos cómo la firme voluntad popular puede modificar la actitud y el comportamiento de los políticos. Como en otro momento la prioridad fue la recuperación de la democracia, hoy el eje parece estar puesto en la honestidad y la honradez de los dirigentes.

El populismo en esta parte del mundo podría haber llegado al punto de hartazgo. Finalmente nuestras sociedades parecen haber comprendido que el relato del clientelismo lleva a más pobreza y marginalidad, a mayores niveles de inseguridad y decadencia, porque fomenta la corrupción estatal hasta límites insospechados.

Nos ilusionamos con una mani pulite sudamericana tan postergada como necesaria. Una vez afianzadas las democracias, la gente se pregunta por qué países tan ricos, tan potentes en recursos naturales, en una región a la que no le falta nada, no logran salir del estancamiento y la pobreza estructural. La respuesta sanadora parece haber empezado a esbozarse: la corrupción dilapida los recursos del Estado, envilece la política y fomenta la ignorancia y la pobreza.

Se está produciendo un proceso de evolución que, a primera vista, parece lento y agobiante, pero que tiene su contrapeso en la perspectiva de un futuro mejor. Ahora, a partir de lo que ocurra en Brasil, puede nacer una nueva manera de hacer política.

No debemos ser demasiado optimistas, pero sí nos podemos dar el gusto de abrigar alguna esperanza.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.

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