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El rechazo y temor a los refugiados islámicos se apodera del centro de Europa
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Por Redacción

El rechazo y temor a los refugiados islámicos se apodera del centro de Europa



Los países de Europa central no quieren aceptar las nuevas oleadas de inmigrantes e invocan “sólidos argumentos nacionalistas”; la estabilidad de sus sociedades peligra, dicen, con las avalanchas de seres humanos que llegan desesperados a sus fronteras. Los grandes de Europa occidental esgrimen razones no menos poderosas para acogerles; la canciller Merkel advierte que en esta crisis migratoria, la mayor desde la Segunda Guerra, “Europa debe mostrar sus valores”, en particular su concepción de la dignidad humana.


Por otro lado es necesario analizar la peculiar situación de los cuatro países del “Grupo de Visegrado”, los más renuentes de la Unión Europea a las cuotas de inmigrantes, compuesto por: Hungría, la República Checa, Eslovaquia y Polonia.


Sus dirigentes políticos no hacen distinción entre el refugiado político que huye de la guerra en Siria o en Irak, y el que cruza en balsa el Mediterráneo empujado por el hambre. Pese a que negar asilo al primero es una contravención de las leyes internacionales, estos países han decidido no hacer matices entre refugiado e inmigrante y nuclear a ambos en una misma categoría.


Otro elemento de confusión en el debate es la tendencia a identificar el Islam, la religión de la mayoría de los inmigrantes sin papeles que se hacinan hoy en el sur de Europa, con el islamismo fundamentalista: la corriente política radical que justifica la violencia para imponer a todos la ley musulmana (Sharia) y la reconstitución de la “Uma”(gran comunidad del Islam).


El miedo al Islam funciona para provocar un rechazo generalizado, porque está arraigado en el imaginario de los europeos. En Grecia, el partido neonazi “Amanecer Dorado” ha crecido en las últimas elecciones, y es de prever que la actual crisis migratoria beneficiará en las urnas al resto de partidos nacionalistas o de extrema derecha europeos, que crecen en el terreno abonado por la xenofobia y la islamofobia.


No son 160.000 los refugiados a repartir en la Unión Europea, sino los 480.000 de los que habla ACNUR, que ya han llegado al Viejo Continente y esperan su turno para ser recibidos por algún país; sin contar las decenas de miles que seguirán probando fortuna.


La ola de “desesperados” procedente de las guerras en Oriente Próximo y Medio es, para algunos, la nueva “invasión musulmana a las puertas de Viena”. Muchos europeos no practican ya el cristianismo, pero temen por su estilo de vida, o por la mera posibilidad estética de que los alminares sustituyan en el paisaje a las torres de las iglesias.


“Nuestras fronteras están en peligro así como nuestro modo de vida construido sobre el respeto a la ley. Hungría y toda Europa están en juego”, ha dicho el primer ministro húngaro, Viktor Orban, convertido casi en furibundo predicador religioso.


El rechazo a los refugiados imperante en el centro de Europa, que cuenta con sociedades muy homogéneas, se alimenta en parte del fracaso de la integración de los musulmanes en Francia y Reino Unido, donde ambos países tienen modelos dispares. Francia aboga por la incorporación de sus cinco millones de fieles del Corán al modelo laico y republicano, mientras que el Reino Unido permite el multiculturalismo de conducta. Pero ninguno ha podido evitar el surgimiento de guetos musulmanes en las grandes ciudades, caldo de cultivo para los predicadores radicales del odio a Occidente.


Húngaros, checos y eslovacos quieren a toda costa evitar que se repita ese fenómeno parasitario en sus ciudades, y pretenden también eludir el riesgo de convertirse en blanco de atentados terroristas, como ha sido el caso de Madrid, París o Londres.


Alemania, hasta ahora, es un caso excepcional que explica en parte su aceptación de un elevado contingente de refugiados, que podrían llegar a convertirse en centenares de miles de inmigrantes en poco lapso de tiempo.


El país que cuenta con más musulmanes de la Unión Europea no ha sufrido en su territorio ningún ataque terrorista de envergadura. El Islam que practican sus ciudadanos de origen preponderantemente turco es moderado y respetuoso con las leyes civiles.


No obstante, esta semana los servicios de inteligencia del Ministerio del Interior alemán se mostraron “preocupados” por los intentos del Estado Islámico de reclutar jóvenes entre los miles de refugiados sirios e iraquíes que llegan al país.


El escenario es complejo y no ofrece soluciones a corto plazo; lo que demandará esfuerzos en conjunto y concesiones por parte de los miembros de la Unión, si se pretende arribar a soluciones que sean lo mas equitativas posibles para cada una de las partes afectadas.


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El rechazo y temor a los refugiados islámicos se apodera del centro de Europa

Los países de Europa central no quieren aceptar las nuevas oleadas de inmigrantes e invocan “sólidos argumentos nacionalistas”; la estabilidad de sus sociedades peligra, dicen, con las avalanchas de seres humanos que llegan desesperados a sus fronteras. Los grandes de Europa occidental esgrimen razones no menos poderosas para acogerles; la canciller Merkel advierte que en esta crisis migratoria, la mayor desde la Segunda Guerra, “Europa debe mostrar sus valores”, en particular su concepción de la dignidad humana.

Por otro lado es necesario analizar la peculiar situación de los cuatro países del “Grupo de Visegrado”, los más renuentes de la Unión Europea a las cuotas de inmigrantes, compuesto por: Hungría, la República Checa, Eslovaquia y Polonia.

Sus dirigentes políticos no hacen distinción entre el refugiado político que huye de la guerra en Siria o en Irak, y el que cruza en balsa el Mediterráneo empujado por el hambre. Pese a que negar asilo al primero es una contravención de las leyes internacionales, estos países han decidido no hacer matices entre refugiado e inmigrante y nuclear a ambos en una misma categoría.

Otro elemento de confusión en el debate es la tendencia a identificar el Islam, la religión de la mayoría de los inmigrantes sin papeles que se hacinan hoy en el sur de Europa, con el islamismo fundamentalista: la corriente política radical que justifica la violencia para imponer a todos la ley musulmana (Sharia) y la reconstitución de la “Uma”(gran comunidad del Islam).

El miedo al Islam funciona para provocar un rechazo generalizado, porque está arraigado en el imaginario de los europeos. En Grecia, el partido neonazi “Amanecer Dorado” ha crecido en las últimas elecciones, y es de prever que la actual crisis migratoria beneficiará en las urnas al resto de partidos nacionalistas o de extrema derecha europeos, que crecen en el terreno abonado por la xenofobia y la islamofobia.

No son 160.000 los refugiados a repartir en la Unión Europea, sino los 480.000 de los que habla ACNUR, que ya han llegado al Viejo Continente y esperan su turno para ser recibidos por algún país; sin contar las decenas de miles que seguirán probando fortuna.

La ola de “desesperados” procedente de las guerras en Oriente Próximo y Medio es, para algunos, la nueva “invasión musulmana a las puertas de Viena”. Muchos europeos no practican ya el cristianismo, pero temen por su estilo de vida, o por la mera posibilidad estética de que los alminares sustituyan en el paisaje a las torres de las iglesias.

“Nuestras fronteras están en peligro así como nuestro modo de vida construido sobre el respeto a la ley. Hungría y toda Europa están en juego”, ha dicho el primer ministro húngaro, Viktor Orban, convertido casi en furibundo predicador religioso.

El rechazo a los refugiados imperante en el centro de Europa, que cuenta con sociedades muy homogéneas, se alimenta en parte del fracaso de la integración de los musulmanes en Francia y Reino Unido, donde ambos países tienen modelos dispares. Francia aboga por la incorporación de sus cinco millones de fieles del Corán al modelo laico y republicano, mientras que el Reino Unido permite el multiculturalismo de conducta. Pero ninguno ha podido evitar el surgimiento de guetos musulmanes en las grandes ciudades, caldo de cultivo para los predicadores radicales del odio a Occidente.

Húngaros, checos y eslovacos quieren a toda costa evitar que se repita ese fenómeno parasitario en sus ciudades, y pretenden también eludir el riesgo de convertirse en blanco de atentados terroristas, como ha sido el caso de Madrid, París o Londres.

Alemania, hasta ahora, es un caso excepcional que explica en parte su aceptación de un elevado contingente de refugiados, que podrían llegar a convertirse en centenares de miles de inmigrantes en poco lapso de tiempo.

El país que cuenta con más musulmanes de la Unión Europea no ha sufrido en su territorio ningún ataque terrorista de envergadura. El Islam que practican sus ciudadanos de origen preponderantemente turco es moderado y respetuoso con las leyes civiles.

No obstante, esta semana los servicios de inteligencia del Ministerio del Interior alemán se mostraron “preocupados” por los intentos del Estado Islámico de reclutar jóvenes entre los miles de refugiados sirios e iraquíes que llegan al país.

El escenario es complejo y no ofrece soluciones a corto plazo; lo que demandará esfuerzos en conjunto y concesiones por parte de los miembros de la Unión, si se pretende arribar a soluciones que sean lo mas equitativas posibles para cada una de las partes afectadas.

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