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Por Redacción
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El Estado Islámico arrasa el Norte de Siria



La ciudad de Kobane, ubicada en Siria, parece gran parte del día un páramo desierto ya que apenas puede verse allí alguna actividad, y cuesta creer que esa localidad de 44.000 habitantes sea el escenario de una de las batallas más encarnizadas de los últimos meses. Desde principios de junio, las Unidades de Protección Popular (YPG), que son las milicias kurdas de Siria, tratan de defender la ciudad del asalto lanzado por los yihadistas del Estado Islámico, cuyas posiciones se encuentran a pocos kilómetros de la localidad.


Según Naciones Unidas, al menos 144.000 personas (más de un tercio de la población de toda la provincia) han cruzado ya la frontera hacia Turquía, huyendo de la brutalidad de los fundamentalistas. Pero en estos días muchos otros tratan de hacer el viaje en sentido inverso. En Mürsitpinar, uno de los pasos fronterizos, cientos de personas, en su mayoría hombres, se agolpan frente a la valla que pocas horas más tarde se abrirá para dejar pasar a los que quieran regresar a Siria.


“Aquí todos vamos a combatir”, dice Mustafa Ahmad. “Todos hemos hecho el servicio militar, así que sabemos manejar un arma”, asegura este conductor de autobús que, como miles de sus paisanos, pasó a Turquía para poner a salvo a su familia, y ahora quiere regresar para unirse como voluntario a las milicias YPG. “Cuando los del Estado Islámico entran en un pueblo, no dejan ni un árbol. Lo queman todo, matan a los animales. Si encuentran a un anciano que no ha podido huir, lo decapitan. Roban todo lo que hay en la casa”, afirma Ahmad. “Uno de sus imanes ha dictado una fatwa (edicto) que dice: “Lo que posean los kurdos nos les pertenece”, así que creen que pueden disponer de todo lo nuestro, hasta de nuestras mujeres”, confiesa con rabia.


El anciano Nadi Jalil Muhammad Kadir ha contado cómo hace cuatro días se vio obligado a salir de Bagdiq, una aldea a 30 kilómetros de Kobani. “Vi cómo mataban a dos personas, cómo derribaban las casas”, explica. “Los del Estado Islámico tienen tanques y armas modernas. ¿De dónde las sacan? No lo sé”, dice, pero se lamenta de que, “si los kurdos les quemamos tres tanques, ellos vuelven al día siguiente con veinte”. Este hombre, ataviado con una larga túnica y un pushi (el pañuelo tradicional de Oriente Medio) rojo en la cabeza, cuenta que ha dejado a su familia en Suruc, la localidad turca más grande de esta región, y ahora regresa para tratar de cuidar sus pertenencias. “Que sea la voluntad de Dios. Así, si muero, muero en mi tierra”.


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El Estado Islámico arrasa el Norte de Siria

La ciudad de Kobane, ubicada en Siria, parece gran parte del día un páramo desierto ya que apenas puede verse allí alguna actividad, y cuesta creer que esa localidad de 44.000 habitantes sea el escenario de una de las batallas más encarnizadas de los últimos meses. Desde principios de junio, las Unidades de Protección Popular (YPG), que son las milicias kurdas de Siria, tratan de defender la ciudad del asalto lanzado por los yihadistas del Estado Islámico, cuyas posiciones se encuentran a pocos kilómetros de la localidad.

Según Naciones Unidas, al menos 144.000 personas (más de un tercio de la población de toda la provincia) han cruzado ya la frontera hacia Turquía, huyendo de la brutalidad de los fundamentalistas. Pero en estos días muchos otros tratan de hacer el viaje en sentido inverso. En Mürsitpinar, uno de los pasos fronterizos, cientos de personas, en su mayoría hombres, se agolpan frente a la valla que pocas horas más tarde se abrirá para dejar pasar a los que quieran regresar a Siria.

“Aquí todos vamos a combatir”, dice Mustafa Ahmad. “Todos hemos hecho el servicio militar, así que sabemos manejar un arma”, asegura este conductor de autobús que, como miles de sus paisanos, pasó a Turquía para poner a salvo a su familia, y ahora quiere regresar para unirse como voluntario a las milicias YPG. “Cuando los del Estado Islámico entran en un pueblo, no dejan ni un árbol. Lo queman todo, matan a los animales. Si encuentran a un anciano que no ha podido huir, lo decapitan. Roban todo lo que hay en la casa”, afirma Ahmad. “Uno de sus imanes ha dictado una fatwa (edicto) que dice: “Lo que posean los kurdos nos les pertenece”, así que creen que pueden disponer de todo lo nuestro, hasta de nuestras mujeres”, confiesa con rabia.

El anciano Nadi Jalil Muhammad Kadir ha contado cómo hace cuatro días se vio obligado a salir de Bagdiq, una aldea a 30 kilómetros de Kobani. “Vi cómo mataban a dos personas, cómo derribaban las casas”, explica. “Los del Estado Islámico tienen tanques y armas modernas. ¿De dónde las sacan? No lo sé”, dice, pero se lamenta de que, “si los kurdos les quemamos tres tanques, ellos vuelven al día siguiente con veinte”. Este hombre, ataviado con una larga túnica y un pushi (el pañuelo tradicional de Oriente Medio) rojo en la cabeza, cuenta que ha dejado a su familia en Suruc, la localidad turca más grande de esta región, y ahora regresa para tratar de cuidar sus pertenencias. “Que sea la voluntad de Dios. Así, si muero, muero en mi tierra”.

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