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Deserciones, entre el desencanto y el olfato político
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Por Redacción

Deserciones, entre el desencanto y el olfato político



Sin duda el lado más bochornoso de la crisis que sufre el gobierno –aunque no el más lamentable– es la deserción cada vez más numerosa de sus dirigentes políticos. Más allá de los peligros que encierran y acompañan el descrédito de la economía y la política, es la incomodidad que significa el tener que dar explicaciones por aquellos que abandonan el barco.


A la afrenta de las deserciones, que tiene que ver con una emoción plural, se le suma la fría matemática del poder en el Parlamento; el peligro de perder la mayoría simple nos puede acercar peligrosamente a escenarios oscuros –repetidos en otras épocas– y que tienen que ver con esa palabra tan temida en todo final de ciclo: gobernabilidad.



No porque tener minoría parlamentaria signifique necesariamente incapacidad de gobernar, sino porque así es la lógica que ha tejido el gobierno durante estos últimos años. Es grave perder un gobernador, pero perder legisladores en la situación actual, puede ser devastador. La obsesión y testarudez de los gobernantes pareciera condenar a la Argentina a transiciones traumáticas permanentes.


Ni siquiera las amenazas veladas lograron contener al gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck. “Es un grave error porque la provincia está en dificultades financieras y hay que mantener buena relación con el gobierno nacional…”, y las no tan veladas “la provincia está endeudada en 4.000 millones de pesos. Estas aventuras no van a ser buenas para la gente”, le apuntó sin vueltas su comprovinciano, el senador Miguel Ángel Pichetto.


Por otro lado, es bueno recordar que, para aquellos que se van, lo que pasaba hasta hoy era apropiado y beneficioso para el país. El tema no es de dónde parten, sino adónde arriban. El Frente Renovador parece haberse convertido en refugio de desencantados del gobierno o de despechados de cualquier partido –tal sería el caso de Ricardo Colombi, gobernador de Corrientes–. Nos preguntamos si estar primero en las encuestas es lo que provoca este dudoso beneficio o, por el contrario, esa receptividad sin límite es lo que mantiene sus números al tope.


Lo interesante son los argumentos. En algunos de estos pasesse arguyen problemas contractuales que nada tienen que ver con lo ideológico o con una visión distinta de la política y la realidad, según atestiguan los propios protagonistas. Normalmente el motivo –o la excusa- es el incumplimiento de un contrato que antes aceptaban y ahora no; otrosmotivos, más audaces, tienen que ver con problemas de cartel, como en la farándula.


El peronismo, con su particular estilo relativista, protege a los saltarines que encuentran abrigo entre los iguales que saben diferenciarse a tiempo. Tantas cosas pasaron en tan poco tiempo. El Frente Renovador de Sergio Massa se ha convertido en una aspiradora política de figuras del gobierno, desde su irrupción en la política nacional (deserción si las hay),apenas dos meses antes de las primarias legislativas del 2013. Hace poco más de un año.


Cabe preguntarse cuánto hay de desencanto y cuánto de olfato político especulativo en estas acrobacias estratégicas, y si este traspaso de figuras desde el oficialismo y otros sectores, fortalecerá o debilitará finalmente al receptor. Están aquellos que creen saber lo que la gente quiere y tal vez se olvidan que los argentinos, a fuerza de pelear el presente, estamos perdiendo cada vez más (además de la paciencia), la capacidad de pensar el futuro como ese porvenir inclusivo y de progreso que antes soñábamos. Hoy pensar el futuro se ha convertido en poder comer y sobrevivir a la inflación y la inseguridad crecientes, mañanao a más tardar la semana que viene. Con esa carga emocional es posible que elijamos en 2015 a las próximas autoridades nacionales.


Esto amenaza en convertir a las elecciones que vienen en otra apuesta cortoplacista. La desesperación por lo demasiado tarde parece haber ganado ahora no sólo a losciudadanos de a pié, también la prensa y algunos analistas mediáticos parecen haber entrado en ese juego del vamos con quien más mide, con el menos malo o con el que nos prometa una “renovación” –la Argentina está necesitando cambios más que renovaciones-; con cualquiera que nos cacaree una buena nueva, siempre y cuando los números enlas encuestas le sean favorables.


Confiamos en que la ciudadanía, a pesar de las urgencias y necesidades crecientes, sepa advertir estas cosas y, por qué no, confiamos en que las circunstancias terminen corriendo el velo de las apariencias políticas, para dejar al descubierto la realidad tal cual es.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana y autor de El Momento es Ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Deserciones, entre el desencanto y el olfato político

Sin duda el lado más bochornoso de la crisis que sufre el gobierno –aunque no el más lamentable– es la deserción cada vez más numerosa de sus dirigentes políticos. Más allá de los peligros que encierran y acompañan el descrédito de la economía y la política, es la incomodidad que significa el tener que dar explicaciones por aquellos que abandonan el barco.

A la afrenta de las deserciones, que tiene que ver con una emoción plural, se le suma la fría matemática del poder en el Parlamento; el peligro de perder la mayoría simple nos puede acercar peligrosamente a escenarios oscuros –repetidos en otras épocas– y que tienen que ver con esa palabra tan temida en todo final de ciclo: gobernabilidad.

No porque tener minoría parlamentaria signifique necesariamente incapacidad de gobernar, sino porque así es la lógica que ha tejido el gobierno durante estos últimos años. Es grave perder un gobernador, pero perder legisladores en la situación actual, puede ser devastador. La obsesión y testarudez de los gobernantes pareciera condenar a la Argentina a transiciones traumáticas permanentes.

Ni siquiera las amenazas veladas lograron contener al gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck. “Es un grave error porque la provincia está en dificultades financieras y hay que mantener buena relación con el gobierno nacional…”, y las no tan veladas “la provincia está endeudada en 4.000 millones de pesos. Estas aventuras no van a ser buenas para la gente”, le apuntó sin vueltas su comprovinciano, el senador Miguel Ángel Pichetto.

Por otro lado, es bueno recordar que, para aquellos que se van, lo que pasaba hasta hoy era apropiado y beneficioso para el país. El tema no es de dónde parten, sino adónde arriban. El Frente Renovador parece haberse convertido en refugio de desencantados del gobierno o de despechados de cualquier partido –tal sería el caso de Ricardo Colombi, gobernador de Corrientes–. Nos preguntamos si estar primero en las encuestas es lo que provoca este dudoso beneficio o, por el contrario, esa receptividad sin límite es lo que mantiene sus números al tope.

Lo interesante son los argumentos. En algunos de estos pasesse arguyen problemas contractuales que nada tienen que ver con lo ideológico o con una visión distinta de la política y la realidad, según atestiguan los propios protagonistas. Normalmente el motivo –o la excusa- es el incumplimiento de un contrato que antes aceptaban y ahora no; otrosmotivos, más audaces, tienen que ver con problemas de cartel, como en la farándula.

El peronismo, con su particular estilo relativista, protege a los saltarines que encuentran abrigo entre los iguales que saben diferenciarse a tiempo. Tantas cosas pasaron en tan poco tiempo. El Frente Renovador de Sergio Massa se ha convertido en una aspiradora política de figuras del gobierno, desde su irrupción en la política nacional (deserción si las hay),apenas dos meses antes de las primarias legislativas del 2013. Hace poco más de un año.

Cabe preguntarse cuánto hay de desencanto y cuánto de olfato político especulativo en estas acrobacias estratégicas, y si este traspaso de figuras desde el oficialismo y otros sectores, fortalecerá o debilitará finalmente al receptor. Están aquellos que creen saber lo que la gente quiere y tal vez se olvidan que los argentinos, a fuerza de pelear el presente, estamos perdiendo cada vez más (además de la paciencia), la capacidad de pensar el futuro como ese porvenir inclusivo y de progreso que antes soñábamos. Hoy pensar el futuro se ha convertido en poder comer y sobrevivir a la inflación y la inseguridad crecientes, mañanao a más tardar la semana que viene. Con esa carga emocional es posible que elijamos en 2015 a las próximas autoridades nacionales.

Esto amenaza en convertir a las elecciones que vienen en otra apuesta cortoplacista. La desesperación por lo demasiado tarde parece haber ganado ahora no sólo a losciudadanos de a pié, también la prensa y algunos analistas mediáticos parecen haber entrado en ese juego del vamos con quien más mide, con el menos malo o con el que nos prometa una “renovación” –la Argentina está necesitando cambios más que renovaciones-; con cualquiera que nos cacaree una buena nueva, siempre y cuando los números enlas encuestas le sean favorables.

Confiamos en que la ciudadanía, a pesar de las urgencias y necesidades crecientes, sepa advertir estas cosas y, por qué no, confiamos en que las circunstancias terminen corriendo el velo de las apariencias políticas, para dejar al descubierto la realidad tal cual es.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana y autor de El Momento es Ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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