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De príncipe a emperador
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Por Redacción

De príncipe a emperador



Todo comenzó con un sueño, otro más, en su larga lista. A muchos ya los vio materializados y lo importante es que nunca dejó de soñar. Su sueño se transformó en el de muchos gracias a la fortaleza y la persuasión que tienen los grandes líderes, esa de convencer y no de imponer.


Volvió al país con la valija cargada de éxitos en su extenso palmarés y se sumó al grupo como uno más, con la humildad que caracteriza a los que trascienden. Con él llegaron otros que perseguían esa descabellada idea de alcanzar la cúspide. Algunos muy discutidos, otros (como se dice ahora) ninguneados, pero con la misma fortaleza de su líder. En el juego les costó un tiempo hablar el mismo idioma, pero en la idea siempre, implícitamente, pensaron lo mismo.


La regularidad de Saja para amurallar su arco fue el primero de sus pilares, la solvencia defensiva tardo en llegar, pero llegó. Videla, que venía de perder la categoría con Colón, se convirtió en el descanso de todos. Amo y señor del medio campo le dio recuperación y distribución. Gastón Díaz fue el asistente por excelencia. El resistidísimo Gustavo Bou fue la revelación generando una autocrítica sin precedentes en el mundo del periodismo deportivo y enviando al diablo las conjeturas previas. Diego Cocca fue el cerebro de esta empresa que creció a las sombras de las luminarias de River.


Él fue la inspiración, el alma, la cuota de jerarquía, lo distinto. En sólo cuatro meses Diego Milito mutó de príncipe a emperador, y como bien señaló instantes después de la consagración colectiva: “este era mi sueño”, el sueño se cumplió.


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De príncipe a emperador

Todo comenzó con un sueño, otro más, en su larga lista. A muchos ya los vio materializados y lo importante es que nunca dejó de soñar. Su sueño se transformó en el de muchos gracias a la fortaleza y la persuasión que tienen los grandes líderes, esa de convencer y no de imponer.

Volvió al país con la valija cargada de éxitos en su extenso palmarés y se sumó al grupo como uno más, con la humildad que caracteriza a los que trascienden. Con él llegaron otros que perseguían esa descabellada idea de alcanzar la cúspide. Algunos muy discutidos, otros (como se dice ahora) ninguneados, pero con la misma fortaleza de su líder. En el juego les costó un tiempo hablar el mismo idioma, pero en la idea siempre, implícitamente, pensaron lo mismo.

La regularidad de Saja para amurallar su arco fue el primero de sus pilares, la solvencia defensiva tardo en llegar, pero llegó. Videla, que venía de perder la categoría con Colón, se convirtió en el descanso de todos. Amo y señor del medio campo le dio recuperación y distribución. Gastón Díaz fue el asistente por excelencia. El resistidísimo Gustavo Bou fue la revelación generando una autocrítica sin precedentes en el mundo del periodismo deportivo y enviando al diablo las conjeturas previas. Diego Cocca fue el cerebro de esta empresa que creció a las sombras de las luminarias de River.

Él fue la inspiración, el alma, la cuota de jerarquía, lo distinto. En sólo cuatro meses Diego Milito mutó de príncipe a emperador, y como bien señaló instantes después de la consagración colectiva: “este era mi sueño”, el sueño se cumplió.

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