De la superación personal a la solidaridad
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Por Redacción
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De la superación personal a la solidaridad



A veces el camino de cada ser parece no llegar a una meta. Hasta que todo explota y se convierte en un horizonte alentador


Esta es la historia de Omar Araujo, un hombre que un día pateó el tablero y se propuso tener su propio vino, y de cómo en el camino se encontró con cientos de historias que derivaron en la solidaridad.


En primera persona

“Toda la vida hice cosas diferentes, de las más diversas, a veces por entretenimiento, a veces por la necesidad de hacer algo. Cuando terminé el secundario tenía como una dicotomía acerca de qué estudiar”, asegura Omar, quien por esos días se debatía entre la Ciencia Política, el Diseño y el Derecho, pero que luego de una reunión de amigos se decidió por el turismo. “(La carrera) tenía Geografía y además la parte humana, y me pareció lindo, pero después, cuando entré en la carrera vi que no era lo que yo creía, aunque de todos modos me gustó y me enamoré”, explica.


“Si bien no me recibí porque me faltó la tesis, trabajé en cosas relacionadas para poder pagarme la facultad”, indica Araujo, y cuenta que pasó por varias empresas del rubro turístico. “Hice venta de viajes de egresados, coordinación, guía, venta de publicidad… y el turismo fue lo primero que me aproximó al vino sin querer y sin saber, ya que llevaba a grupos a conocer las bodegas. En ese momento, el turismo receptivo tenía los mismos componentes que ahora, sólo que en la actualidad está mas aggiornado”, dice, y agrega que en el sector hubo muchos cambios que a él le tocó vivir desde adentro de la industria”.


Crónica de una muerte tinta

Los cambios, las crisis propias de cada actividad y el cansancio influyeron en la vida de Omar. “Terminé yéndome del turismo, harto de los teléfonos y de verla pasar”, relata, y explica cómo la vida misma lo fue acercando cada vez más al mundo del vino: “Me emplearon en una vinoteca donde trabajaba medio día, y estudiaba en el Wine Institute. Después hice varios cursos en el Instituto de Vitivinicultura, en Bodegas de Argentina, en el Fondo Vitivinícola… Hay mucho para leer y aprender”, dice el hombre que disfruta del vino.


Luego completaría su jornada laboral en una carpintería en la que se fabricaban cajas para botellas de vino y palets para bodegas, lo que nos hace suponer que todos los caminos conducían a la misma espirituosa bebida: “Fue un punto de inflexión: me enamoré de nuevo, pero esta vez del vino”.


“Todo mi trabajo está en contacto permanente con bodegas, o con personas del mundo del vino. Un día me ofrecieron si quería hacer un vino: en ese momento éramos cuatro personas amigas y relacionadas con el producto que teníamos todo: desde la producción hasta la encargada de marketing, pero fue uno de esos proyectos que nunca explotan o que no terminan de cristalizar”, explica Omar.


nota-1


El otro en el espejo

Finalizaba mayo de 2014, y mientras muchos se organizaban para ver los partidos del Mundial o para viajar a Brasil para ver a la Selección argentina, Omar volaba de fiebre en su casa… Pasaban los días y la mejoría no llegaba. Claro que esa fiebre era mucho más que un síntoma: era una bisagra.


“Tenía 45 años, trabajaba en negro, no tenía médico ni obra social, estaba viviendo con mis viejos, tenía 40 de fiebre, estaba tirado en la cama y el escenario era poco agradable… Pasaban los días y seguía molido”, asegura quien hoy reconoce que en el fondo de todo, lo más grave no era el cuadro de gripe, sino la pena que yacía dentro suyo y que por algún lugar buscaba escapar.


“Un día me miré en el espejo –en uno de esos días que te mirás de verdad– y fue como un tren de frente. En ese momento me di cuenta que había que hacer algo, que no daba para más e hice el quiebre. Nadie me iba a sacar de la cama pero tampoco de la situación, y en el espejo me encontré con dos cosas: que lo que estaba viendo no era yo y que tenía recuerdos de otra cosa de mí”, asegura. Esa imagen que el espejo le devolvía le daba vergüenza, de estar en esa situación, completamente solo.


“Ni un mensaje de Claro me entraba al celular”, ironiza sobre su pasado no tan lejano. “Morirse de amor tiene esos matices: es una pena que termina siendo curativa, pero yo no me di cuenta en el momento, sino después”, agrega Araujo.


La conspiración del universo

La mejoría de Omar fue lenta pero segura. El Mundial de Fútbol que vio desde su cama había terminado y por fin se ponía de pie luego de reconocerse en el entretiempo de su vida. Empezaba a caminar un sendero sin siquiera imaginar a dónde lo llevaría.


“Vendí el auto y compré botella. Le pedí a mi amiga Gachi Domínguez que me ayudara a crear una marca para un vino, hizo un listado y Morirse de amor fue el elegido”, resume lo que fueron sus primeros pasos como emprendedor del vino. En un momento tenía casi todo: una marca registrada, insumos para el fraccionamiento y unas ganas enormes de llevar adelante un proyecto personal que transformara la pena más grande en un buen momento, incluso para ayuda a terceros. Lo que no sabía, quizás, era que también iba a contar con la incondicional ayuda de Gustavo, un compañero de trabajo, de Adrián, de la bodega Atamisque, y Florencia, la primera sommelier en descubrir su vino y recomendarlo al mundo. Ellos serían piezas clave en la creación de un producto que no pasaría desapercibido.


“Quiero un vino que cuando lo tome me llene la boca y que me quede dos horas hablando de él con la persona con quien lo tomo”, le dijo a Adrián, y así nació Morirse de amor. “Cuando me dieron mi primera botella no lo podía creer, no caía”, asegura Omar, y compara la situación con esos momentos en los que se despeja la autopista para que uno pueda tomar impulso y avanzar.


Se hace camino al tomar

Desde su aparición pública, Morirse de amor generó empatía, sumó adeptos y conectó a personas que, de no haber sido por este vino, quizás nunca se hubiesen encontrado. “Lo presentamos en el programa Matices del vino y en ese mismo momento me contactaron de Bolívar (Buenos Aires) para comprarlo”, memoriza. Y ahí comenzó un recorrido de presentaciones en Mendoza, Bolívar y la Capital Federal, entre otros lugares. Las botellas empezaron a viajar primero con él y luego en forma de regalo, hasta que un día le escribieron de Bariloche y otro de Buenos Aires, pero con la idea de proponerle un brindis por la paz en una cena a beneficio del Hospital Austral.


Era Paula Hazaña, quien además de ser voluntaria y una de las organizadoras de los eventos a beneficio del hospital, es ‘embajadora de la paz’ nombrada por el movimiento Mil Milenios de Paz. Mientras Paula le comentaba a Omar –sin conocerlo y a la distancia– que su vino le había gustado y por eso deseaba incluirlo en el brindis, él le explicó  que el no era bodeguero, sino un pequeño emprendedor productor de sólo 1.900 botellas.


Pero ambos encontraron la forma de ayudar, y morirse de amor estuvo presente en la cena en la que se recauda dinero para costear los tratamientos de quienes no tienen recursos. Cena de la que participan cada año las Trillizas de Oro, quienes también son voluntarias del hospital y embajadoras de paz, además de varios personajes reconocidos del mundo del espectáculo.


Omar no viajó solo, lo hizo en compañía de una obra del artista Fernando Jereb que fue creada para ser subastada en el evento y así sumar ayuda.


nota-2


‘Las gracias del vino’

Una vez finalizada la tarea solidaria en Buenos Aires, Paula le propuso a Omar que esa ayuda se trasladara a los niños de Mendoza, y ella misma se encargó de buscar a través de las publicaciones mendocinas espacios que necesitaran ayuda. Así fue que a través de una nota publicada en esta misma sección dos años atrás, titulada ‘La señora del merendero’, una acción solidaria tuvo como beneficiarios a los niños que Isabel Bustos recibe en su casa del barrio Espejo, de Las Heras.


El evento reunió a amantes del vino, amigos solidarios y a Paula, quien hizo entrega de la bandera de la paz a la senadora Claudia Najul. ‘Las gracias del vino’ fue el puntapié inicial, no sólo para generar acciones concretas que alienten la paz, sino también para que muchos se sumaran a la causa de Isabel. El resultado fue la recaudación de más de $10 mil en mercaderías, nuevos vínculos para todos y muchas otras historias para descorchar.


Desde que Omar emprendió la elaboración de Morirse de amor, muchas cosas pasaron en su vida: desde ser convocado para casar a una pareja en la que su vino fue definitorio, hasta recibir llamados y mensajes con cientos de historias de desconocidos que mueren de amor o transformar ‘Las gracias del vino’ en una ayuda concreta.


“Cuando me preguntan si el proyecto es exitoso, digo que no lo sé, porque para mí es entrañable, absolutamente visceral. Para mí no tiene números, y si vos me preguntás cuántas botellas me quedan, no sabría decirlo”, asegura el emprendedor, que ya planifica su segunda edición, mientras reflexiona que “Morirse de amor es renacer, destilar la pena para que algo mejor nazca”.



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De la superación personal a la solidaridad

A veces el camino de cada ser parece no llegar a una meta. Hasta que todo explota y se convierte en un horizonte alentador

Esta es la historia de Omar Araujo, un hombre que un día pateó el tablero y se propuso tener su propio vino, y de cómo en el camino se encontró con cientos de historias que derivaron en la solidaridad.

En primera persona
“Toda la vida hice cosas diferentes, de las más diversas, a veces por entretenimiento, a veces por la necesidad de hacer algo. Cuando terminé el secundario tenía como una dicotomía acerca de qué estudiar”, asegura Omar, quien por esos días se debatía entre la Ciencia Política, el Diseño y el Derecho, pero que luego de una reunión de amigos se decidió por el turismo. “(La carrera) tenía Geografía y además la parte humana, y me pareció lindo, pero después, cuando entré en la carrera vi que no era lo que yo creía, aunque de todos modos me gustó y me enamoré”, explica.

“Si bien no me recibí porque me faltó la tesis, trabajé en cosas relacionadas para poder pagarme la facultad”, indica Araujo, y cuenta que pasó por varias empresas del rubro turístico. “Hice venta de viajes de egresados, coordinación, guía, venta de publicidad… y el turismo fue lo primero que me aproximó al vino sin querer y sin saber, ya que llevaba a grupos a conocer las bodegas. En ese momento, el turismo receptivo tenía los mismos componentes que ahora, sólo que en la actualidad está mas aggiornado”, dice, y agrega que en el sector hubo muchos cambios que a él le tocó vivir desde adentro de la industria”.

Crónica de una muerte tinta
Los cambios, las crisis propias de cada actividad y el cansancio influyeron en la vida de Omar. “Terminé yéndome del turismo, harto de los teléfonos y de verla pasar”, relata, y explica cómo la vida misma lo fue acercando cada vez más al mundo del vino: “Me emplearon en una vinoteca donde trabajaba medio día, y estudiaba en el Wine Institute. Después hice varios cursos en el Instituto de Vitivinicultura, en Bodegas de Argentina, en el Fondo Vitivinícola… Hay mucho para leer y aprender”, dice el hombre que disfruta del vino.

Luego completaría su jornada laboral en una carpintería en la que se fabricaban cajas para botellas de vino y palets para bodegas, lo que nos hace suponer que todos los caminos conducían a la misma espirituosa bebida: “Fue un punto de inflexión: me enamoré de nuevo, pero esta vez del vino”.

“Todo mi trabajo está en contacto permanente con bodegas, o con personas del mundo del vino. Un día me ofrecieron si quería hacer un vino: en ese momento éramos cuatro personas amigas y relacionadas con el producto que teníamos todo: desde la producción hasta la encargada de marketing, pero fue uno de esos proyectos que nunca explotan o que no terminan de cristalizar”, explica Omar.

nota-1

El otro en el espejo
Finalizaba mayo de 2014, y mientras muchos se organizaban para ver los partidos del Mundial o para viajar a Brasil para ver a la Selección argentina, Omar volaba de fiebre en su casa… Pasaban los días y la mejoría no llegaba. Claro que esa fiebre era mucho más que un síntoma: era una bisagra.

“Tenía 45 años, trabajaba en negro, no tenía médico ni obra social, estaba viviendo con mis viejos, tenía 40 de fiebre, estaba tirado en la cama y el escenario era poco agradable… Pasaban los días y seguía molido”, asegura quien hoy reconoce que en el fondo de todo, lo más grave no era el cuadro de gripe, sino la pena que yacía dentro suyo y que por algún lugar buscaba escapar.

“Un día me miré en el espejo –en uno de esos días que te mirás de verdad– y fue como un tren de frente. En ese momento me di cuenta que había que hacer algo, que no daba para más e hice el quiebre. Nadie me iba a sacar de la cama pero tampoco de la situación, y en el espejo me encontré con dos cosas: que lo que estaba viendo no era yo y que tenía recuerdos de otra cosa de mí”, asegura. Esa imagen que el espejo le devolvía le daba vergüenza, de estar en esa situación, completamente solo.

“Ni un mensaje de Claro me entraba al celular”, ironiza sobre su pasado no tan lejano. “Morirse de amor tiene esos matices: es una pena que termina siendo curativa, pero yo no me di cuenta en el momento, sino después”, agrega Araujo.

La conspiración del universo
La mejoría de Omar fue lenta pero segura. El Mundial de Fútbol que vio desde su cama había terminado y por fin se ponía de pie luego de reconocerse en el entretiempo de su vida. Empezaba a caminar un sendero sin siquiera imaginar a dónde lo llevaría.

“Vendí el auto y compré botella. Le pedí a mi amiga Gachi Domínguez que me ayudara a crear una marca para un vino, hizo un listado y Morirse de amor fue el elegido”, resume lo que fueron sus primeros pasos como emprendedor del vino. En un momento tenía casi todo: una marca registrada, insumos para el fraccionamiento y unas ganas enormes de llevar adelante un proyecto personal que transformara la pena más grande en un buen momento, incluso para ayuda a terceros. Lo que no sabía, quizás, era que también iba a contar con la incondicional ayuda de Gustavo, un compañero de trabajo, de Adrián, de la bodega Atamisque, y Florencia, la primera sommelier en descubrir su vino y recomendarlo al mundo. Ellos serían piezas clave en la creación de un producto que no pasaría desapercibido.

“Quiero un vino que cuando lo tome me llene la boca y que me quede dos horas hablando de él con la persona con quien lo tomo”, le dijo a Adrián, y así nació Morirse de amor. “Cuando me dieron mi primera botella no lo podía creer, no caía”, asegura Omar, y compara la situación con esos momentos en los que se despeja la autopista para que uno pueda tomar impulso y avanzar.

Se hace camino al tomar
Desde su aparición pública, Morirse de amor generó empatía, sumó adeptos y conectó a personas que, de no haber sido por este vino, quizás nunca se hubiesen encontrado. “Lo presentamos en el programa Matices del vino y en ese mismo momento me contactaron de Bolívar (Buenos Aires) para comprarlo”, memoriza. Y ahí comenzó un recorrido de presentaciones en Mendoza, Bolívar y la Capital Federal, entre otros lugares. Las botellas empezaron a viajar primero con él y luego en forma de regalo, hasta que un día le escribieron de Bariloche y otro de Buenos Aires, pero con la idea de proponerle un brindis por la paz en una cena a beneficio del Hospital Austral.

Era Paula Hazaña, quien además de ser voluntaria y una de las organizadoras de los eventos a beneficio del hospital, es ‘embajadora de la paz’ nombrada por el movimiento Mil Milenios de Paz. Mientras Paula le comentaba a Omar –sin conocerlo y a la distancia– que su vino le había gustado y por eso deseaba incluirlo en el brindis, él le explicó  que el no era bodeguero, sino un pequeño emprendedor productor de sólo 1.900 botellas.

Pero ambos encontraron la forma de ayudar, y morirse de amor estuvo presente en la cena en la que se recauda dinero para costear los tratamientos de quienes no tienen recursos. Cena de la que participan cada año las Trillizas de Oro, quienes también son voluntarias del hospital y embajadoras de paz, además de varios personajes reconocidos del mundo del espectáculo.

Omar no viajó solo, lo hizo en compañía de una obra del artista Fernando Jereb que fue creada para ser subastada en el evento y así sumar ayuda.

nota-2

‘Las gracias del vino’
Una vez finalizada la tarea solidaria en Buenos Aires, Paula le propuso a Omar que esa ayuda se trasladara a los niños de Mendoza, y ella misma se encargó de buscar a través de las publicaciones mendocinas espacios que necesitaran ayuda. Así fue que a través de una nota publicada en esta misma sección dos años atrás, titulada ‘La señora del merendero’, una acción solidaria tuvo como beneficiarios a los niños que Isabel Bustos recibe en su casa del barrio Espejo, de Las Heras.

El evento reunió a amantes del vino, amigos solidarios y a Paula, quien hizo entrega de la bandera de la paz a la senadora Claudia Najul. ‘Las gracias del vino’ fue el puntapié inicial, no sólo para generar acciones concretas que alienten la paz, sino también para que muchos se sumaran a la causa de Isabel. El resultado fue la recaudación de más de $10 mil en mercaderías, nuevos vínculos para todos y muchas otras historias para descorchar.

Desde que Omar emprendió la elaboración de Morirse de amor, muchas cosas pasaron en su vida: desde ser convocado para casar a una pareja en la que su vino fue definitorio, hasta recibir llamados y mensajes con cientos de historias de desconocidos que mueren de amor o transformar ‘Las gracias del vino’ en una ayuda concreta.

“Cuando me preguntan si el proyecto es exitoso, digo que no lo sé, porque para mí es entrañable, absolutamente visceral. Para mí no tiene números, y si vos me preguntás cuántas botellas me quedan, no sabría decirlo”, asegura el emprendedor, que ya planifica su segunda edición, mientras reflexiona que “Morirse de amor es renacer, destilar la pena para que algo mejor nazca”.

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