Contra el cáncer, a favor de la vida
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Por Redacción

Contra el cáncer, a favor de la vida



Tras conmemorarse el Mes Internacional de la Lucha contra el Cáncer, El Ciudadano llegó hasta la sede de Fundavita –entidad de servicio comunitario que está cumpliendo 20 años de dedicación en Mendoza– con la finalidad de conocer su trabajo, pero sobre todo para hablar con quienes militan la vida, transformando el dolor en amor.


Marcela Alonso, integrante del staff de la institución junto a Verónica de Casas y Diego Nazar, fue la encargada de presentarnos a algunas de las voluntarias que están trabajando en los talleres, especialmente en el de confección de ‘cortinas’ y pelucas, la continuación de la campaña de donación de cabello para ayudar a quienes han perdido su pelo como consecuencia de un tratamiento oncológico.


“Hemos tenido varias campañas, pero ésta en particular nos desbordó; nos sorprendió muchísimo cómo se prendió la gente en donar su pelo”, explica Marcela.


A la sede de Primitivo de la Reta llegaron días atrás 201 kilos de cabello y 35 pelucas que fueron restauradas, entre un total de 3.587 donaciones de personas de todas las edades. Por la conmemoración, hubo jornadas especiales en algunos colegios con corte de cabello de alumnas, donde participaron pequeñas y adolescentes. Además se sumaron varias peluquerías, reinas de la Vendimia que también dieron el ejemplo y 65 encomiendas de pelo con remitentes de otros lugares del país. Por este resultado, con toda razón se puede decir que hay una historia de solidaridad detrás de cada persona que donó su cabello para esta causa.


Lo que nació como una forma de cumplirle un sueño a una de las adolescentes en tratamiento –que pidió una peluca de cabello largo de regalo–, se transformó en acción y luego en un desafío: ¿qué hacer con tanto cabello? “Por un lado se está trabajando con gente de Buenos Aires, a quienes les mandamos pelo y ellos nos devuelven pelucas terminadas. Parte del cabello va como forma de pago porque también les compramos los elementos para poder hacer pelucas acá”, explica Marcela.


Y es en este punto donde aparece muy fuerte el rol de varias de las voluntarias que, con la profe Estela a la cabeza, han aprendido a tejer las ‘cortinas’ con las que luego se confeccionan las pelucas… Es un trabajo lento y minucioso para el cual se requiere prolijidad y paciencia, ya que en una peluca no se usan menos de ocho metros de ‘cortinas’ de pelo.


Mónica, el cáncer en primera persona


Ella está en tratamiento y sabe que así será de por vida, pero elige hacerle frente a todo para estar bien. “Empecé como voluntaria el año pasado. No me había dado resultado hacer terapia, pasé por varios psicólogos y lo único que me decían es que me iba a quedar pelada”, relata Moni. “Dicen que el cáncer son problemas y dolores acumulados y yo quería hablar de esas cosas, así que terminé haciendo terapia con mi familia”, resume la mujer que hoy comparte tiempo y espacio con otras voluntarias, tejiendo ‘cortinas’ de pelo mientras desenredan y sacan los miedos de adentro.


Mónica pasó por el rechazo a la enfermedad, la operación y después la ‘quimio’, pero el amor la hizo fuerte para no sólo estar recuperándose, sino también ayudando a otros. “En mi caso no necesité peluca, esto me entretiene y además hacemos una obra de bien”, comenta, y agrega: “He hecho todo lo que me han recomendado en medicina natural para complementar el tratamiento médico, cambié cosas de mi vida, cambié actitudes, sané cosas en mi interior”.


El voluntariado como búsqueda


Mientras teje uno a uno los pequeños mechones de cabello de alguien que se despojó de ellos por solidaridad, Gilda cuenta que organiza el día para poder juntarse en la siesta a colaborar, antes de partir hacia el estudio jurídico donde trabaja.


“Llegué cuando ya no tenía ningún niño que atender. Mis hijos estaban grandes y fui al Notti a ofrecerme como voluntaria. Al principio se me complicaba con mi trabajo, pero después empecé a ir a cuidados paliativos”, relata quien sigue con sus visitas cada semana al hospital y los miércoles teje ‘cortinas’ para hacer pelucas. “A veces la situación te supera y no ves que haya personas que te puedan ayudar”, dice en relación a la labor de acompañamiento que realizan las voluntarias y que muchas veces las personas no conocen.


Un mundo aparte


“Uno lo ve desde afuera como algo lejano, como que está del otro lado de la pared. Como no le pasa a uno, no lee, no se informa y tampoco busca información sobre el tema, pero cuando te pasa entrás a un mundo en el que hay muchísima gente, más de la que uno imagina. A mi hija le dio un tipo de leucemia que afecta a los adultos; estuvimos casi un año de tratamiento, pero falleció días antes de cumplir los 2 años”, cuenta Patricia.


“Hasta que mi hija se enfermó yo trabajaba de lunes a lunes diez horas por día pensando que así le daría un futuro mejor. El tema es que no cambié la vida de mi hija, ni la mía ni el mundo”, se lamenta, pero ahora con la certeza de que las prioridades cambiaron. Pato no encontró consuelo en terapia, pero sí en el grupo de voluntarias de Fundavita.


“Acá me siento en mi espacio, es mi tarde de ‘desenchufe’, de


compartir cosas. Si una quiere llorar poder decirle ‘llorá, que yo te escucho’. En la familia no pasa eso porque cuando te ven mal tratan de que no llorés más o te dicen que ya pasó. Si bien uno sigue con la vida, necesita sacarlo, hablarlo con alguien, porque el no llorar te enferma”, cuenta mientras sus dos hijos requieren su atención.


Homenaje a su princesa


Elsa llega mas tarde. Saluda y toma el bastidor para empezar a tejer la ‘cortina’ mientras cuenta acerca de la pérdida de su hija. Elsa sobrevivió a una meningitis cuando tenía a sus dos primeros hijos muy chiquitos y le habían prohibido quedar embarazada porque su organismo nunca se recuperó. Pero a los 40 años pensó que era una menopausia precoz y resultó ser un embarazo. Las ecografías vaticinaban un bebé sanito: supo que era una nena y la amó desde ese momento.


“La tuve nueve meses en mi panza y a los nueve meses se me fue”, cuenta la voluntaria, y relata lo que fue su vida a partir de allí. “Vivía en mi mundo, me encerré, dormía todo el día. Me levantaba, le preparaba las cosas a mi familia y volvía a la cama”, cuenta, y agrega que un día llegó al grupo de mamás y el hecho de ayudar a quienes están en tratamiento no quita el dolor pero lo calma.


Ellas, las eternas voluntarias


A cada una de las voluntarias le sobran motivos para estar ahí. Participan de forma estable o eventual, pero siempre que la vida llama están “al pie del cañón”. Algunas mamás han perdido a sus hijos, quienes mientras estaban internados en el Hospital Notti participaban en los talleres de arte y son ellas las que hoy les rinden homenaje siendo parte de los mismos talleres para madres.


Otras sintieron la necesidad de ayudar luego de perder a una amiga; algunas están en tratamiento y compartir con el resto de las voluntarias es su mejor terapia. Otras no perdieron a nadie, simplemente el espíritu les pide ser parte de una obra de bien…


Ellas, junto a otras voluntarias y a la profe que les ayuda, hace tiempo que trabajan en la confección de ‘cortinas’ pero para transformarlas en las tan ansiadas pelucas necesitan una máquina de coser, para asirlas a los casquillos. El taller no cuenta con máquina propia, y son las mismas voluntarias las que a veces llevan la propia de su casa con todo lo que ello implica.


Contacto


email: info@fundavita.org.ar | Teléfonos: 4298886/7


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Tras conmemorarse el Mes Internacional de la Lucha contra el Cáncer, El Ciudadano llegó hasta la sede de Fundavita –entidad de servicio comunitario que está cumpliendo 20 años de dedicación en Mendoza– con la finalidad de conocer su trabajo, pero sobre todo para hablar con quienes militan la vida, transformando el dolor en amor.

Marcela Alonso, integrante del staff de la institución junto a Verónica de Casas y Diego Nazar, fue la encargada de presentarnos a algunas de las voluntarias que están trabajando en los talleres, especialmente en el de confección de ‘cortinas’ y pelucas, la continuación de la campaña de donación de cabello para ayudar a quienes han perdido su pelo como consecuencia de un tratamiento oncológico.

“Hemos tenido varias campañas, pero ésta en particular nos desbordó; nos sorprendió muchísimo cómo se prendió la gente en donar su pelo”, explica Marcela.

A la sede de Primitivo de la Reta llegaron días atrás 201 kilos de cabello y 35 pelucas que fueron restauradas, entre un total de 3.587 donaciones de personas de todas las edades. Por la conmemoración, hubo jornadas especiales en algunos colegios con corte de cabello de alumnas, donde participaron pequeñas y adolescentes. Además se sumaron varias peluquerías, reinas de la Vendimia que también dieron el ejemplo y 65 encomiendas de pelo con remitentes de otros lugares del país. Por este resultado, con toda razón se puede decir que hay una historia de solidaridad detrás de cada persona que donó su cabello para esta causa.

Lo que nació como una forma de cumplirle un sueño a una de las adolescentes en tratamiento –que pidió una peluca de cabello largo de regalo–, se transformó en acción y luego en un desafío: ¿qué hacer con tanto cabello? “Por un lado se está trabajando con gente de Buenos Aires, a quienes les mandamos pelo y ellos nos devuelven pelucas terminadas. Parte del cabello va como forma de pago porque también les compramos los elementos para poder hacer pelucas acá”, explica Marcela.

Y es en este punto donde aparece muy fuerte el rol de varias de las voluntarias que, con la profe Estela a la cabeza, han aprendido a tejer las ‘cortinas’ con las que luego se confeccionan las pelucas… Es un trabajo lento y minucioso para el cual se requiere prolijidad y paciencia, ya que en una peluca no se usan menos de ocho metros de ‘cortinas’ de pelo.

Mónica, el cáncer en primera persona

Ella está en tratamiento y sabe que así será de por vida, pero elige hacerle frente a todo para estar bien. “Empecé como voluntaria el año pasado. No me había dado resultado hacer terapia, pasé por varios psicólogos y lo único que me decían es que me iba a quedar pelada”, relata Moni. “Dicen que el cáncer son problemas y dolores acumulados y yo quería hablar de esas cosas, así que terminé haciendo terapia con mi familia”, resume la mujer que hoy comparte tiempo y espacio con otras voluntarias, tejiendo ‘cortinas’ de pelo mientras desenredan y sacan los miedos de adentro.

Mónica pasó por el rechazo a la enfermedad, la operación y después la ‘quimio’, pero el amor la hizo fuerte para no sólo estar recuperándose, sino también ayudando a otros. “En mi caso no necesité peluca, esto me entretiene y además hacemos una obra de bien”, comenta, y agrega: “He hecho todo lo que me han recomendado en medicina natural para complementar el tratamiento médico, cambié cosas de mi vida, cambié actitudes, sané cosas en mi interior”.

El voluntariado como búsqueda

Mientras teje uno a uno los pequeños mechones de cabello de alguien que se despojó de ellos por solidaridad, Gilda cuenta que organiza el día para poder juntarse en la siesta a colaborar, antes de partir hacia el estudio jurídico donde trabaja.

“Llegué cuando ya no tenía ningún niño que atender. Mis hijos estaban grandes y fui al Notti a ofrecerme como voluntaria. Al principio se me complicaba con mi trabajo, pero después empecé a ir a cuidados paliativos”, relata quien sigue con sus visitas cada semana al hospital y los miércoles teje ‘cortinas’ para hacer pelucas. “A veces la situación te supera y no ves que haya personas que te puedan ayudar”, dice en relación a la labor de acompañamiento que realizan las voluntarias y que muchas veces las personas no conocen.

Un mundo aparte

“Uno lo ve desde afuera como algo lejano, como que está del otro lado de la pared. Como no le pasa a uno, no lee, no se informa y tampoco busca información sobre el tema, pero cuando te pasa entrás a un mundo en el que hay muchísima gente, más de la que uno imagina. A mi hija le dio un tipo de leucemia que afecta a los adultos; estuvimos casi un año de tratamiento, pero falleció días antes de cumplir los 2 años”, cuenta Patricia.

“Hasta que mi hija se enfermó yo trabajaba de lunes a lunes diez horas por día pensando que así le daría un futuro mejor. El tema es que no cambié la vida de mi hija, ni la mía ni el mundo”, se lamenta, pero ahora con la certeza de que las prioridades cambiaron. Pato no encontró consuelo en terapia, pero sí en el grupo de voluntarias de Fundavita.

“Acá me siento en mi espacio, es mi tarde de ‘desenchufe’, de

compartir cosas. Si una quiere llorar poder decirle ‘llorá, que yo te escucho’. En la familia no pasa eso porque cuando te ven mal tratan de que no llorés más o te dicen que ya pasó. Si bien uno sigue con la vida, necesita sacarlo, hablarlo con alguien, porque el no llorar te enferma”, cuenta mientras sus dos hijos requieren su atención.

Homenaje a su princesa

Elsa llega mas tarde. Saluda y toma el bastidor para empezar a tejer la ‘cortina’ mientras cuenta acerca de la pérdida de su hija. Elsa sobrevivió a una meningitis cuando tenía a sus dos primeros hijos muy chiquitos y le habían prohibido quedar embarazada porque su organismo nunca se recuperó. Pero a los 40 años pensó que era una menopausia precoz y resultó ser un embarazo. Las ecografías vaticinaban un bebé sanito: supo que era una nena y la amó desde ese momento.

“La tuve nueve meses en mi panza y a los nueve meses se me fue”, cuenta la voluntaria, y relata lo que fue su vida a partir de allí. “Vivía en mi mundo, me encerré, dormía todo el día. Me levantaba, le preparaba las cosas a mi familia y volvía a la cama”, cuenta, y agrega que un día llegó al grupo de mamás y el hecho de ayudar a quienes están en tratamiento no quita el dolor pero lo calma.

Ellas, las eternas voluntarias

A cada una de las voluntarias le sobran motivos para estar ahí. Participan de forma estable o eventual, pero siempre que la vida llama están “al pie del cañón”. Algunas mamás han perdido a sus hijos, quienes mientras estaban internados en el Hospital Notti participaban en los talleres de arte y son ellas las que hoy les rinden homenaje siendo parte de los mismos talleres para madres.

Otras sintieron la necesidad de ayudar luego de perder a una amiga; algunas están en tratamiento y compartir con el resto de las voluntarias es su mejor terapia. Otras no perdieron a nadie, simplemente el espíritu les pide ser parte de una obra de bien…

Ellas, junto a otras voluntarias y a la profe que les ayuda, hace tiempo que trabajan en la confección de ‘cortinas’ pero para transformarlas en las tan ansiadas pelucas necesitan una máquina de coser, para asirlas a los casquillos. El taller no cuenta con máquina propia, y son las mismas voluntarias las que a veces llevan la propia de su casa con todo lo que ello implica.

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