¿Civilización o barbarie?
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Por Redacción

¿Civilización o barbarie?



Ya Jorge Luis Borges había dicho sobre el libro de Domingo Faustino Sarmiento, del cual está sacada la frase que da título a este artículo, lo siguiente: “No diré que el Facundo es el primer libro argentino; las afirmaciones categóricas no son caminos de convicción, sino de polémica. Diré que si lo hubiéramos canonizado como nuestro libro ejemplar, otra sería nuestra historia y mejor”.


Por el contrario, para Arturo Jauretche, en su conocido Manual de Zonceras Argentinas, la dicotomía de Civilización y Barbarie es “abstracta, intrínseca, conceptual, histórica, sincrónica, derivada de una ‘intelligentzia’ y de una ideología mesiánica”.


Opiniones a favor o en contra, no cabe duda que el debate inaugurado por el sanjuanino continúa y mantiene vigencia. Analicemos.


Sabemos, por ejemplo, que la Argentina, a partir de la década de 1940 hasta la de los años 70, supo crear una pujante clase media, compuesta por obreros calificados en su base y por pequeños y medianos empresarios en su vértice. En el camino, nacieron –entre otras cosas– un dinámico sindicalismo, una miríada de profesionales independientes y una pujante agroindustria.


Pero a fines de los 80 y principios de los años 90, la Argentina fue sacudida por dos episodios de hiperinflación, con un antecedente en el ‘Rodrigrazo’ de 1975. Fue a partir de estos hitos que la inflación llegó a la economía argentina para quedarse. Como parece ser el caso hasta el día de hoy.


Para varios expertos, sus consecuencias han sido muy claras. Los índices de pobreza, que no eran mayores al 7% en las décadas del 40 al 70, treparon al 50% tras la crisis del 2001 y hoy alcanzan la ominosa cifra del 34%.


Poner cifras en contexto nos permite decir, por ejemplo, que mientras los niveles de pobreza mejoraron en casi todos los países de nuestra región, empeoraron en el nuestro. También, que si bien la cifra es un promedio nacional, hay lugares –como el sur del conurbano bonaerense– donde los guarismos pueden ser muchísimo mayores.


Llegado a este punto nos preguntamos qué civilización es posible que funcione con una pujante clase media rodeada de otra, casi igualmente numerosa, de marginales que no tienen sus necesidades básicas satisfechas.


Como si esto fuera poco, se le suma a la marginalidad estructural que esta pobreza provoca y que denota la ausencia del Estado, las divisiones que fomenta la narcocriminalidad que usa la mano de obra barata que ella le provee para el reclutamiento de sus soldaditos.


Muy probablemente la difusión de asentamientos ilegales en el interior y en la periferia de nuestras grandes ciudades sea la expresión urbanística de este fenómeno.


Ya en el pasado, nuestra Patria debió tomar medidas extraordinarias para incorporar a la masa de inmigrantes que llegaban a nuestras costas para que no se convirtieran en excluidos y que aquello de M’hijo el dotor, de Florencio Sánchez, una obra teatral estrenada a principios del siglo XX, fuera una realidad alcanzable.


Entre las instituciones que permitieron los sueños de integración y de progreso se volvieran una realidad se puede mencionar varias leyes. Para empezar, a la Ley Sáenz Peña, sancionada en 1912 y que permitió el voto universal secreto y obligatorio para los ciudadanos argentinos hombres, nativos o naturalizados, mayores de 18 años de edad, habitantes de la nación y que estuvieran inscriptos en el padrón electoral.


Cabe resaltar que este padrón electoral fue posible de realizar por otra ley. La del Servicio Militar Obligatorio –o ‘Ley Richieri’– sancionada en 1901 y que tenía por objetivos difundir la idea de ciudadanía y de igualdad para aumentar el patriotismo en varones provenientes de diversas clases sociales y rincones del país.


Otro hito previo había sido la sanción de Ley de Educación, impulsada por Sarmiento, que hizo obligatoria y pública a la educación primaria, posibilitando que la Argentina se alfabetizara antes que muchos países europeos.


Hoy, hemos extendido el voto a nuestras mujeres, hemos hecho obligatoria la enseñanza secundaria y organizado el Servicio Militar Voluntario, a la par de varias medidas de inclusión social, como la Asignación Universal por Hijo.


Pero, algo –obviamente– ha fallado o no ha funcionado como es debido. Catorce millones de pobres son mudos testigos de este fracaso.


Por un lado, hoy son menos de la mitad los que terminan su secundario, y por el otro, la ayuda social solo basada en la dádiva ha contribuido para destruir la cultura del trabajo y fomentar el clientelismo político.


Seguramente, si solucionara el problema de nuestra inflación endémica muchos de estos problemas encontrarán las condiciones favorables para ser solucionados. En eso está en lo correcto la actual administración.


Pero, creemos, persisten varias inquietudes, tales como: ¿qué hacer con los millones que se encuentran hoy marginados? ¿Cuántos años habrá que esperar para integrarlos efectivamente? ¿Qué hacer con ellos mientras tanto?

Un viejo y sabio refrán sostiene que ante situaciones extraordinarias sólo caben medidas extraordinarias.

Aquí van algunas ideas para éstas:


1. Que los municipios demanden contraprestaciones en forma de pequeñas tareas municipales a cambio del plan Jefes y Jefas de Hogar a los beneficiarios que no estudien ni trabajen, tal como su reglamentación lo permite.


2. Concurrir a esos lugares marginales con toda la potencia del Estado para restablecer la confianza de sus habitantes en las autoridades y en el Estado argentino.


3. Restablecer, al menos en forma parcial, el Servicio Militar Obligatorio, especialmente en provincias y en las regiones castigadas por la pobreza. Mantener el Servicio Militar Voluntario en aquellas unidades que requieran alta especialización.


4. Obligar a que los padres cumplan con la escolaridad secundaria de sus hijos como condición para recibir los planes de ayuda social.


Seguramente algunos dirán que puede haber otras medidas. Seguramente. Otros, argumentarán que el progreso será lento y que nos espera un largo camino.


Es verdad. Un largo viaje se inicia siempre con un pequeño paso, pero con uno que no se detiene y que conoce su destino.


El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Ya Jorge Luis Borges había dicho sobre el libro de Domingo Faustino Sarmiento, del cual está sacada la frase que da título a este artículo, lo siguiente: “No diré que el Facundo es el primer libro argentino; las afirmaciones categóricas no son caminos de convicción, sino de polémica. Diré que si lo hubiéramos canonizado como nuestro libro ejemplar, otra sería nuestra historia y mejor”.

Por el contrario, para Arturo Jauretche, en su conocido Manual de Zonceras Argentinas, la dicotomía de Civilización y Barbarie es “abstracta, intrínseca, conceptual, histórica, sincrónica, derivada de una ‘intelligentzia’ y de una ideología mesiánica”.

Opiniones a favor o en contra, no cabe duda que el debate inaugurado por el sanjuanino continúa y mantiene vigencia. Analicemos.

Sabemos, por ejemplo, que la Argentina, a partir de la década de 1940 hasta la de los años 70, supo crear una pujante clase media, compuesta por obreros calificados en su base y por pequeños y medianos empresarios en su vértice. En el camino, nacieron –entre otras cosas– un dinámico sindicalismo, una miríada de profesionales independientes y una pujante agroindustria.

Pero a fines de los 80 y principios de los años 90, la Argentina fue sacudida por dos episodios de hiperinflación, con un antecedente en el ‘Rodrigrazo’ de 1975. Fue a partir de estos hitos que la inflación llegó a la economía argentina para quedarse. Como parece ser el caso hasta el día de hoy.

Para varios expertos, sus consecuencias han sido muy claras. Los índices de pobreza, que no eran mayores al 7% en las décadas del 40 al 70, treparon al 50% tras la crisis del 2001 y hoy alcanzan la ominosa cifra del 34%.

Poner cifras en contexto nos permite decir, por ejemplo, que mientras los niveles de pobreza mejoraron en casi todos los países de nuestra región, empeoraron en el nuestro. También, que si bien la cifra es un promedio nacional, hay lugares –como el sur del conurbano bonaerense– donde los guarismos pueden ser muchísimo mayores.

Llegado a este punto nos preguntamos qué civilización es posible que funcione con una pujante clase media rodeada de otra, casi igualmente numerosa, de marginales que no tienen sus necesidades básicas satisfechas.

Como si esto fuera poco, se le suma a la marginalidad estructural que esta pobreza provoca y que denota la ausencia del Estado, las divisiones que fomenta la narcocriminalidad que usa la mano de obra barata que ella le provee para el reclutamiento de sus soldaditos.

Muy probablemente la difusión de asentamientos ilegales en el interior y en la periferia de nuestras grandes ciudades sea la expresión urbanística de este fenómeno.

Ya en el pasado, nuestra Patria debió tomar medidas extraordinarias para incorporar a la masa de inmigrantes que llegaban a nuestras costas para que no se convirtieran en excluidos y que aquello de M’hijo el dotor, de Florencio Sánchez, una obra teatral estrenada a principios del siglo XX, fuera una realidad alcanzable.

Entre las instituciones que permitieron los sueños de integración y de progreso se volvieran una realidad se puede mencionar varias leyes. Para empezar, a la Ley Sáenz Peña, sancionada en 1912 y que permitió el voto universal secreto y obligatorio para los ciudadanos argentinos hombres, nativos o naturalizados, mayores de 18 años de edad, habitantes de la nación y que estuvieran inscriptos en el padrón electoral.

Cabe resaltar que este padrón electoral fue posible de realizar por otra ley. La del Servicio Militar Obligatorio –o ‘Ley Richieri’– sancionada en 1901 y que tenía por objetivos difundir la idea de ciudadanía y de igualdad para aumentar el patriotismo en varones provenientes de diversas clases sociales y rincones del país.

Otro hito previo había sido la sanción de Ley de Educación, impulsada por Sarmiento, que hizo obligatoria y pública a la educación primaria, posibilitando que la Argentina se alfabetizara antes que muchos países europeos.

Hoy, hemos extendido el voto a nuestras mujeres, hemos hecho obligatoria la enseñanza secundaria y organizado el Servicio Militar Voluntario, a la par de varias medidas de inclusión social, como la Asignación Universal por Hijo.

Pero, algo –obviamente– ha fallado o no ha funcionado como es debido. Catorce millones de pobres son mudos testigos de este fracaso.

Por un lado, hoy son menos de la mitad los que terminan su secundario, y por el otro, la ayuda social solo basada en la dádiva ha contribuido para destruir la cultura del trabajo y fomentar el clientelismo político.

Seguramente, si solucionara el problema de nuestra inflación endémica muchos de estos problemas encontrarán las condiciones favorables para ser solucionados. En eso está en lo correcto la actual administración.

Pero, creemos, persisten varias inquietudes, tales como: ¿qué hacer con los millones que se encuentran hoy marginados? ¿Cuántos años habrá que esperar para integrarlos efectivamente? ¿Qué hacer con ellos mientras tanto?
Un viejo y sabio refrán sostiene que ante situaciones extraordinarias sólo caben medidas extraordinarias.
Aquí van algunas ideas para éstas:

1. Que los municipios demanden contraprestaciones en forma de pequeñas tareas municipales a cambio del plan Jefes y Jefas de Hogar a los beneficiarios que no estudien ni trabajen, tal como su reglamentación lo permite.

2. Concurrir a esos lugares marginales con toda la potencia del Estado para restablecer la confianza de sus habitantes en las autoridades y en el Estado argentino.

3. Restablecer, al menos en forma parcial, el Servicio Militar Obligatorio, especialmente en provincias y en las regiones castigadas por la pobreza. Mantener el Servicio Militar Voluntario en aquellas unidades que requieran alta especialización.

4. Obligar a que los padres cumplan con la escolaridad secundaria de sus hijos como condición para recibir los planes de ayuda social.

Seguramente algunos dirán que puede haber otras medidas. Seguramente. Otros, argumentarán que el progreso será lento y que nos espera un largo camino.

Es verdad. Un largo viaje se inicia siempre con un pequeño paso, pero con uno que no se detiene y que conoce su destino.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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