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Por Redacción

Campo minado



Por Enrique Pinti


En el continuo ir y venir de la historia se observa con frecuencia cómo los “buenos” y los “malos” cambian de bando y, llevados por conveniencias económicas, estratégicas y sobre todo por la ambición de poder y de dominio absoluto de las denominadas “superpotencias”, vemos formar alianzas y romperlas con una pasmosa facilidad. Una facilidad sólo aparente porque cada uno de esos pactos deshechos dejan tendales de perjudicados. Peor aún, originan guerras y sangrientos atentados que se han cobrado y siguen cobrándose millones de víctimas, cuyas muertes injustas alimentan el resentimiento y el deseo de venganza. Estos factores son aprovechados, posteriormente, para volver a dirimir fronteras, riquezas naturales y predominio cultural. Poco lugar tienen en esos campos minados los honestos deseos de una paz duradera, que con tolerancia y respeto por el distinto –que no tiene porqué ser fatalmente enemigo a eliminar– pueden llevar a la cooperación mundial para, así, vivir en un mundo menos violento, menos contaminado y más propicio para el mejoramiento de la vida humana.


Es difícil de entender cómo, sabiendo que nuestro paso por el mundo es finito y que nadie tiene el don de la inmortalidad, se le dé tanto valor a todo lo que concierne al poder económico. Desde luego que no se está hablando de la lógica ambición humana de vivir lo mejor que se pueda, gozar de todo lo bueno que hay en el mundo y aspirar a un progreso que permita educar, educarse, curar enfermedades y celebrar el amor y el placer. No, se habla del poderío por el poderío mismo, del pseudo-orgullo de “ser los mejores” en detrimento de los otros, personas y colectivos que piensan y viven en forma diferente.


Las heridas históricas parecen cicatrizar, pero siglos más tarde se reabren y sangran fogoneadas por los que buscan supremacías para propio provecho y que necesitan escudos dignos para esconder su codicia. Sucesos que están en el pasado vuelven a resurgir y viejos feudos y luchas se retoman como respuesta a intervenciones armadas, atentados, bombardeos, ciudades arrasadas, niños y ancianos inocentes masacrados y, hoy en día, filmados y mostrados en la televisión mundial.


El ciudadano memorioso muchas veces se ha preguntado y se sigue preguntando: “pero, ¿estos no eran aliados?”, “¿estos no se juntaron y entrenaron militarmente a los que ahora bombardean, mientras que los que gobiernan a los bombardeados ahora se alinean con los que antes bombardeaban en combinación con los enemigos de ahora?”. Y las respuestas no son fáciles con el agravante de que millones de personas atareadas con su cotidiana lucha por la vida no tienen acceso a todos estos entramados. Y si alguna vez tuvieron alguna información acerca de “buenos y malos”, el horror de las guerras, las crisis posteriores y el tiempo que todo lo borra, lo difumina y lo confunde, les han hecho olvidar las causas y, son embaucados por los eternos “optimistas voluntaristas de manual de autoayuda” que proclaman: “¡Mire para adelante! ¡no se quede en el pasado!”.


Y, señores, el pasado vuelve a cada rato, creemos superadas las barbaries, los abusos, los extremos y las crueldades racistas provenientes del mal uso de algo tan sagrado como la fe. Sin embargo, de pronto, en medio de la tecnología explosiva y sofisticada desde nuestro teléfono celular y todas sus putas aplicaciones que nos hacen creer que estamos en el siglo XXI nos paraliza de terror la vieja y asquerosa violencia que no viene de un solo lado, sino que ha sido incubada por la impune negociación de hoy sos bueno, mañana, malo y pasado ya veremos. A veces uno celebra el simple hecho de amanecer vivo; es realmente milagroso./ Fuente: La Nación


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Campo minado

Por Enrique Pinti

En el continuo ir y venir de la historia se observa con frecuencia cómo los “buenos” y los “malos” cambian de bando y, llevados por conveniencias económicas, estratégicas y sobre todo por la ambición de poder y de dominio absoluto de las denominadas “superpotencias”, vemos formar alianzas y romperlas con una pasmosa facilidad. Una facilidad sólo aparente porque cada uno de esos pactos deshechos dejan tendales de perjudicados. Peor aún, originan guerras y sangrientos atentados que se han cobrado y siguen cobrándose millones de víctimas, cuyas muertes injustas alimentan el resentimiento y el deseo de venganza. Estos factores son aprovechados, posteriormente, para volver a dirimir fronteras, riquezas naturales y predominio cultural. Poco lugar tienen en esos campos minados los honestos deseos de una paz duradera, que con tolerancia y respeto por el distinto –que no tiene porqué ser fatalmente enemigo a eliminar– pueden llevar a la cooperación mundial para, así, vivir en un mundo menos violento, menos contaminado y más propicio para el mejoramiento de la vida humana.

Es difícil de entender cómo, sabiendo que nuestro paso por el mundo es finito y que nadie tiene el don de la inmortalidad, se le dé tanto valor a todo lo que concierne al poder económico. Desde luego que no se está hablando de la lógica ambición humana de vivir lo mejor que se pueda, gozar de todo lo bueno que hay en el mundo y aspirar a un progreso que permita educar, educarse, curar enfermedades y celebrar el amor y el placer. No, se habla del poderío por el poderío mismo, del pseudo-orgullo de “ser los mejores” en detrimento de los otros, personas y colectivos que piensan y viven en forma diferente.

Las heridas históricas parecen cicatrizar, pero siglos más tarde se reabren y sangran fogoneadas por los que buscan supremacías para propio provecho y que necesitan escudos dignos para esconder su codicia. Sucesos que están en el pasado vuelven a resurgir y viejos feudos y luchas se retoman como respuesta a intervenciones armadas, atentados, bombardeos, ciudades arrasadas, niños y ancianos inocentes masacrados y, hoy en día, filmados y mostrados en la televisión mundial.

El ciudadano memorioso muchas veces se ha preguntado y se sigue preguntando: “pero, ¿estos no eran aliados?”, “¿estos no se juntaron y entrenaron militarmente a los que ahora bombardean, mientras que los que gobiernan a los bombardeados ahora se alinean con los que antes bombardeaban en combinación con los enemigos de ahora?”. Y las respuestas no son fáciles con el agravante de que millones de personas atareadas con su cotidiana lucha por la vida no tienen acceso a todos estos entramados. Y si alguna vez tuvieron alguna información acerca de “buenos y malos”, el horror de las guerras, las crisis posteriores y el tiempo que todo lo borra, lo difumina y lo confunde, les han hecho olvidar las causas y, son embaucados por los eternos “optimistas voluntaristas de manual de autoayuda” que proclaman: “¡Mire para adelante! ¡no se quede en el pasado!”.

Y, señores, el pasado vuelve a cada rato, creemos superadas las barbaries, los abusos, los extremos y las crueldades racistas provenientes del mal uso de algo tan sagrado como la fe. Sin embargo, de pronto, en medio de la tecnología explosiva y sofisticada desde nuestro teléfono celular y todas sus putas aplicaciones que nos hacen creer que estamos en el siglo XXI nos paraliza de terror la vieja y asquerosa violencia que no viene de un solo lado, sino que ha sido incubada por la impune negociación de hoy sos bueno, mañana, malo y pasado ya veremos. A veces uno celebra el simple hecho de amanecer vivo; es realmente milagroso./ Fuente: La Nación

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