Banalización, victimización y olvido
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Por Redacción

Banalización, victimización y olvido



Funcionarios distraídos permiten que los vivos de siempre tengan vía libre para cumplir sus propósitos siniestros en contra de la ciudadanía.


Ante el vandalismo escandaloso, alguien puede decir que fueron sólo unas pocas urnas y unos escasos incidentes; lo cierto es que ha quedado en evidencia el grado de tolerancia que tenemos los argentinos frente a la corrupción y su correlato electoral, que es el fraude. Nada es casualidad, hay una destreza aprendida que explica estas cosas, y que intentaremos exponer en esta página, con las limitaciones de tiempo y espacio que el amable lector y la paciente editorial de El Ciudadano nos consienten.


Un método infalible
Hay un método que ha venido dándole excelentes resultados al oficialismo en nuestro país desde hace mucho tiempo, al que las oposiciones –para llamarlas de alguna manera– no han tenido la inteligencia o habilidad de poner en evidencia y desenmascarar. No somos los primeros en hablar de este tema, pero creemos que somos los primeros en exponerlo en forma sistémica. Un método que consta de tres etapas y que hasta hoy ha resultado infalible; digno de ser estudiado profundamente por expertos politólogos y sociólogos.
A la primera etapa de ese método podríamos llamarla “la banalización del suceso”. Ante cualquier hecho o denuncia, la primera reacción será restarle importancia, transformar el asunto en superficial, en un mero producto de la desinformación. No interesa mucho lo que se diga o haga al respecto, lo que importa es restarle jerarquía al suceso y decir lo que sea, pero con cara de suficiencia, de saber mucho y desde hace mucho tiempo.
En esta etapa es importante también desacreditar al denunciante o al mensajero –a cualquiera que tenga el atrevimiento de acusar o denunciar– y, si es posible, ridiculizarlo, convertirlo en un desfachatado, cínico y hasta siniestro y, en última instancia, en un loco. El objetivo es ponerlo a la defensiva. Es necesario lograr que el otro se ponga en guardia, y esa actitud del adversario será el tiempo oportunidad (el tiempo Kairos) para iniciar la fase siguiente.
La segunda etapa es más sutil, tan o más planificada y calculada que la anterior. Podríamos llamarla “la redención del victimario”. Consiste en explotar al máximo las victorias logradas en la primera y, cuanto más éxito haya tenido esa etapa previa, mayor serán las posibilidades de victimizarse. 
Se trata de invertir la carga de la prueba lisa y llanamente. Para graficarlo digamos que, si todo marcha bien y según lo previsto, resultará finalmente como víctima del fraude aquel que, cometiéndolo, ganó escandalosamente la elección.
La tercera etapa, que podemos llamar simplemente “del olvido”, depende y juega, asimismo, con el éxito de las dos anteriores y, en buena medida, con cierta fragilidad de memoria que tenemos los argentinos –aunque no se debe fiar de esto último–. Digamos que es la explotación del éxito de las etapas anteriores y que permite borrar para siempre el hecho deshonesto. Es la que garantiza la impunidad. 
Será muy útil echar mano principalmente a acontecimientos del pasado –sin desechar los del presente y del insondable futuro–, que por su naturaleza, ayudan a olvidar. Los malos recuerdos del pasado lejano y las amenazas que su proyección al futuro producen, ayudan a relegar hechos graves. Por esto es tan necesario el inestimable relato, que proporciona argumentos valiosos para lograr impunidad. 


En la práctica
¿Cómo lo hacen? Con toda naturalidad. No se indignan ni replican vanamente, simplemente lo toman con calma, porque saben que de ese modo y en poco tiempo, el hecho se habrá esfumado. 
Si al funcionario lo sorprenden a primera hora de la mañana y no tiene nada que replicar, lo mejor será decir, por ejemplo, que desconoce el hecho en cuestión, porque estaba durmiendo. ¿Y qué mejor manera de banalizar que esa? La que aduce que la cosa no fue tan grave, porque le permitió seguir durmiendo plácidamente. 
Políticos que, habiendo alcanzado una jerarquía importante dentro del esquema de poder, hablan como si fueran observadores de las Naciones Unidas recién llegados al país; y que nada tienen que ver con los hechos acaecidos, el fraude o la corrupción obscena zapateando a su alrededor. Porque hay que hacer que el otro, el que acusa y la propia víctima, se pongan a la defensiva, que aquél que ha sido víctima del fraude se vea obligado a dar explicaciones. 
No hay una sola manera de banalizar. “Quemar urnas no es fraude, es otro tipo de delito”, dijo el martes pasado el director nacional electoral, Alejandro Tullio y agregó con absoluta serenidad: “Por lo tanto, lo que corresponde es hacer elecciones complementarias, en esos lugares donde se cometió el hecho”. Al rato estaba casi toda la prensa –y toda la sociedad– aplicada en discutir la tipificación del “hecho”, y tratando de responder a la pregunta: ¿A qué nos referimos cuando hablamos de fraude?
Una vez que se ha banalizado el problema, e incluso mientras algunos operadores se encargan de minimizarlo aun más, otros estarán pensando en la manera de victimizarse. El camino quedará expedito para alcanzar el tan ansiado olvido que garantiza la impunidad.
La violencia que encierra esta metodología nos llega a todos. La descalificación atemoriza. Nos preguntamos qué puede esperar al ciudadano común, cuando ve que se amenaza y agrede con éxito a gente que puede defenderse –por su trayectoria, su situación económica o su posición social–, como han sido últimamente los casos de la señora Mirtha Legrand y del señor Carlos Tevez. 
Cuando entre adversarios se ha perdido el respeto, el juego político se torna hostil y hasta peligroso. Hemos caído en la supervivencia del más apto. La corrupción se ampara en la banalización, la victimización y el olvido. Y no es sólo eso, nos somete a todos, porque en muy poco tiempo todo –esto también– se habrá olvidado.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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Funcionarios distraídos permiten que los vivos de siempre tengan vía libre para cumplir sus propósitos siniestros en contra de la ciudadanía.

Ante el vandalismo escandaloso, alguien puede decir que fueron sólo unas pocas urnas y unos escasos incidentes; lo cierto es que ha quedado en evidencia el grado de tolerancia que tenemos los argentinos frente a la corrupción y su correlato electoral, que es el fraude. Nada es casualidad, hay una destreza aprendida que explica estas cosas, y que intentaremos exponer en esta página, con las limitaciones de tiempo y espacio que el amable lector y la paciente editorial de El Ciudadano nos consienten.

Un método infalible
Hay un método que ha venido dándole excelentes resultados al oficialismo en nuestro país desde hace mucho tiempo, al que las oposiciones –para llamarlas de alguna manera– no han tenido la inteligencia o habilidad de poner en evidencia y desenmascarar. No somos los primeros en hablar de este tema, pero creemos que somos los primeros en exponerlo en forma sistémica. Un método que consta de tres etapas y que hasta hoy ha resultado infalible; digno de ser estudiado profundamente por expertos politólogos y sociólogos.
A la primera etapa de ese método podríamos llamarla “la banalización del suceso”. Ante cualquier hecho o denuncia, la primera reacción será restarle importancia, transformar el asunto en superficial, en un mero producto de la desinformación. No interesa mucho lo que se diga o haga al respecto, lo que importa es restarle jerarquía al suceso y decir lo que sea, pero con cara de suficiencia, de saber mucho y desde hace mucho tiempo.
En esta etapa es importante también desacreditar al denunciante o al mensajero –a cualquiera que tenga el atrevimiento de acusar o denunciar– y, si es posible, ridiculizarlo, convertirlo en un desfachatado, cínico y hasta siniestro y, en última instancia, en un loco. El objetivo es ponerlo a la defensiva. Es necesario lograr que el otro se ponga en guardia, y esa actitud del adversario será el tiempo oportunidad (el tiempo Kairos) para iniciar la fase siguiente.
La segunda etapa es más sutil, tan o más planificada y calculada que la anterior. Podríamos llamarla “la redención del victimario”. Consiste en explotar al máximo las victorias logradas en la primera y, cuanto más éxito haya tenido esa etapa previa, mayor serán las posibilidades de victimizarse. 
Se trata de invertir la carga de la prueba lisa y llanamente. Para graficarlo digamos que, si todo marcha bien y según lo previsto, resultará finalmente como víctima del fraude aquel que, cometiéndolo, ganó escandalosamente la elección.
La tercera etapa, que podemos llamar simplemente “del olvido”, depende y juega, asimismo, con el éxito de las dos anteriores y, en buena medida, con cierta fragilidad de memoria que tenemos los argentinos –aunque no se debe fiar de esto último–. Digamos que es la explotación del éxito de las etapas anteriores y que permite borrar para siempre el hecho deshonesto. Es la que garantiza la impunidad. 
Será muy útil echar mano principalmente a acontecimientos del pasado –sin desechar los del presente y del insondable futuro–, que por su naturaleza, ayudan a olvidar. Los malos recuerdos del pasado lejano y las amenazas que su proyección al futuro producen, ayudan a relegar hechos graves. Por esto es tan necesario el inestimable relato, que proporciona argumentos valiosos para lograr impunidad. 

En la práctica
¿Cómo lo hacen? Con toda naturalidad. No se indignan ni replican vanamente, simplemente lo toman con calma, porque saben que de ese modo y en poco tiempo, el hecho se habrá esfumado. 
Si al funcionario lo sorprenden a primera hora de la mañana y no tiene nada que replicar, lo mejor será decir, por ejemplo, que desconoce el hecho en cuestión, porque estaba durmiendo. ¿Y qué mejor manera de banalizar que esa? La que aduce que la cosa no fue tan grave, porque le permitió seguir durmiendo plácidamente. 
Políticos que, habiendo alcanzado una jerarquía importante dentro del esquema de poder, hablan como si fueran observadores de las Naciones Unidas recién llegados al país; y que nada tienen que ver con los hechos acaecidos, el fraude o la corrupción obscena zapateando a su alrededor. Porque hay que hacer que el otro, el que acusa y la propia víctima, se pongan a la defensiva, que aquél que ha sido víctima del fraude se vea obligado a dar explicaciones. 
No hay una sola manera de banalizar. “Quemar urnas no es fraude, es otro tipo de delito”, dijo el martes pasado el director nacional electoral, Alejandro Tullio y agregó con absoluta serenidad: “Por lo tanto, lo que corresponde es hacer elecciones complementarias, en esos lugares donde se cometió el hecho”. Al rato estaba casi toda la prensa –y toda la sociedad– aplicada en discutir la tipificación del “hecho”, y tratando de responder a la pregunta: ¿A qué nos referimos cuando hablamos de fraude?
Una vez que se ha banalizado el problema, e incluso mientras algunos operadores se encargan de minimizarlo aun más, otros estarán pensando en la manera de victimizarse. El camino quedará expedito para alcanzar el tan ansiado olvido que garantiza la impunidad.
La violencia que encierra esta metodología nos llega a todos. La descalificación atemoriza. Nos preguntamos qué puede esperar al ciudadano común, cuando ve que se amenaza y agrede con éxito a gente que puede defenderse –por su trayectoria, su situación económica o su posición social–, como han sido últimamente los casos de la señora Mirtha Legrand y del señor Carlos Tevez. 
Cuando entre adversarios se ha perdido el respeto, el juego político se torna hostil y hasta peligroso. Hemos caído en la supervivencia del más apto. La corrupción se ampara en la banalización, la victimización y el olvido. Y no es sólo eso, nos somete a todos, porque en muy poco tiempo todo –esto también– se habrá olvidado.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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