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Amor en tiempos de tuberculosis
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Por Redacción

Amor en tiempos de tuberculosis



El Ciudadano llegó a la casa de Jorge, un hombre que sobrevivió a la tuberculosis –también conocida como la muerte blanca–, una enfermedad que se cobró más vidas que ninguna otra en la historia de la humanidad.


Hasta 1950 se ubicó entre la primera y segunda causa de muerte en el mundo, a lo que se debe sumar la connotación peyorativa clasista, ya que erróneamente se creía que sólo podían enfermarse las personas que vivían en extrema pobreza. El tiempo se encargó de demostrar que la tuberculosis –o tisis, como se la conocía también– atravesó todas las clases sociales, incluso en tiempos en los que se usaba el adjetivo ‘tuberculoso’ como un insulto.


Jorge nos abre la puerta de su casa y ahí encontramos su historia, donde el buen humor es el hilo conductor en una charla de la que participa activamente Chiquita, la mujer con la que comparte su vida desde hace 70 años.


“A mí me contagió mi hermano; no fuimos pobres pero fuimos de clase media tirando para abajo. Mi padre no nos cuidó, no estábamos bien alimentados y no teníamos una vida controlada; entonces era lógico que fuéramos a llegar a eso. No tuve un padre que me dijera qué cosas no tenía que hacer…”, arranca su relato Jorge, ahora de 86 años.


Una larga espera


Devito se contagió de tuberculosis cuando apenas era un adolescente. En esos tiempos trabajaba en Grimoldi como cadete y conocería a su compañera de vida, a la vez que comenzaría un tratamiento en el Hospital Lencinas. “Estuve seis años internado en tratamiento con un montón de personas más. Muchos no sobrevivían porque la medicina no había avanzado tanto como ahora”, explica Jorge, y Chiquita agrega: “El que tenía tuberculosis no quería ni decirlo, porque la gente te hacía un vacío, no te miraba”.


“Un día, charlando con unos amigos, pregunté por uno de ellos a su mujer y me dijo que estaba en Buenos Aires trabajando, pero el domingo, cuando fui a visitar a Jorge, me enteré que estaba internado también, tenía tuberculosis”, ejemplifica la mujer, quien durante más de seis años visitó a su novio cada domingo.


Un día en el Lencinas


Jorge vio pasar mucha gente mientras estuvo internado. “El Lencinas estaba lleno de tuberculosos y ahí había un estricto régimen de vida: no estábamos en un hotel, teníamos horas de reposo levantados y reposo en cama, después horas libres donde podías jugar a las cartas, horarios para almorzar, para cenar y horario para dormir. Cuando había peleas (de box) importantes en Buenos Aires, un médico de guardia nos daba permiso para escucharlas por radio, y eso era lo más tarde que nos acostábamos. Teníamos que hacer reposo y los domingos esperábamos ansiosos a las visitas en la puerta”, retrata Jorge sus días en el Lencinas como si fuera ayer.


Fundación Eva Perón


Un día cualquiera, un médico oriundo de San Juan lo revisó. “Tenía otras ideas y técnicas para tratar la enfermedad, sugirió que el tratamiento no estaba dando el resultado esperado y decidió el traslado a Buenos Aires. Todos los gastos corrieron por cuenta de la Fundación Eva Perón”, explica Jorge.


Allí fue operado, empezó un tratamiento y luego su cuadro se complicó con un derrame pleural. “Estuve más cerca del arpa que de la guitarra”, dice, y se ríe con un humor envidiable, el mismo que lo ayudó a convivir con una de las enfermedades más temidas, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de los pacientes que sufrían derrame no sobrevivía.


Al cabo de seis meses pudo regresar a Mendoza. La misma Fundación se encargó de conseguirle pasajes para que viajara el 31 de diciembre “en camarote” y que pudiese empezar el nuevo año y una vida nueva. Su novia lo esperaba, como cada domingo cuando estaba internado en su tierra.


Dejaba atrás largos días de internación y cuidados médicos, pero empezaba a vivir con el estigma de la enfermedad. Tener tuberculosis significaba, entre otras cosas, tener problemas para conseguir un trabajo. “La gente tenía mucho miedo de contagiarse y de tomar a un empleado enfermo”, comenta, y agrega que no le fue fácil pero aún así no se dejó vencer: pasó por un par de trabajos y se jubiló hace ya más de veinte años.


Cuestión de amor


Chiquita ceba mates, sigue la charla y aporta datos. La de ellos es una historia compartida, llevan 70 años juntos, pero no todo fue color de rosas. Si bien se conocieron –cuentan– “para el terremoto de San Juan” (NdR: el 15 de enero de 1944), casi como si ese fuera el determinante de una especial historia de amor, lo de ellos no fue fácil. Pertenecían a distintas clases sociales, con distintas formas de ver la vida y de llevarla adelante, y que la joven de una “buena familia” se enamorase de un joven enfermo de tuberculosis. La relación no era bien vista por los hermanos de Chiquita, que si bien eran amigos de Jorge y lo querían como tal, no lo consideraban un “buen partido” para su hermana.


“Yo intenté dejarla en libertad de acción porque me parecía que no estaba procediendo bien, no me parecía lógico que ella pasara por eso”, se excusa Jorge, y ambos recuerdan que estuvieron tres meses distanciados, pero que en un permiso que le dieron a Jorge para salir del hospital, se encontraron en un ‘malón’, una de esas reuniones de jóvenes en casas de familia, y desde entonces no se separaron más.


“No estaba en mis manos lo que fuese a pasar, no podía obligarla a estar conmigo, pero si no quiso abandonar, que aguante los golpes como los boxeadores”, dice Jorge haciendo alusión a todo lo que pasaron en más de siete décadas.


Chiquita no dejó de visitar a Jorge ni un solo fin de semana mientras estuvo internado en Mendoza, pero no contrajo el peligroso mal. “Es que yo no tenía miedo de contagiarme”, dice convencida.


Este hombre, que recuerda a la perfección los nombres de calles, comercios y todo lo que se le pregunte sobre su juventud, no vivió su enfermedad como un karma, sino como algo que le tocó en suerte y con lo cual podía seguir adelante. Se recuperó, formó una familia, trabajó hasta jubilarse y todo sin perder de vista las cosas importantes de la vida: “Yo tuve dos apoyos grandes en mi vida en los momentos más difíciles, que fueron ella” –dice, señalando a su esposa– “y mi mamá: ellas fueron todo para mí”.


A esta altura de la entrevista la pregunta era inevitable:


–¿Por qué cree que sobrevivió cuando muchos no pudieron?


–Creo que me hizo bien no haberme apartado nunca del carácter que tengo. Sobreviví porque a mí me trataron en forma temprana y los que morían era porque ya llevaban mucho tiempo enfermos. Es que me gusta llegar temprano a todos lados.


Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line


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Amor en tiempos de tuberculosis

El Ciudadano llegó a la casa de Jorge, un hombre que sobrevivió a la tuberculosis –también conocida como la muerte blanca–, una enfermedad que se cobró más vidas que ninguna otra en la historia de la humanidad.

Hasta 1950 se ubicó entre la primera y segunda causa de muerte en el mundo, a lo que se debe sumar la connotación peyorativa clasista, ya que erróneamente se creía que sólo podían enfermarse las personas que vivían en extrema pobreza. El tiempo se encargó de demostrar que la tuberculosis –o tisis, como se la conocía también– atravesó todas las clases sociales, incluso en tiempos en los que se usaba el adjetivo ‘tuberculoso’ como un insulto.

Jorge nos abre la puerta de su casa y ahí encontramos su historia, donde el buen humor es el hilo conductor en una charla de la que participa activamente Chiquita, la mujer con la que comparte su vida desde hace 70 años.

“A mí me contagió mi hermano; no fuimos pobres pero fuimos de clase media tirando para abajo. Mi padre no nos cuidó, no estábamos bien alimentados y no teníamos una vida controlada; entonces era lógico que fuéramos a llegar a eso. No tuve un padre que me dijera qué cosas no tenía que hacer…”, arranca su relato Jorge, ahora de 86 años.

Una larga espera

Devito se contagió de tuberculosis cuando apenas era un adolescente. En esos tiempos trabajaba en Grimoldi como cadete y conocería a su compañera de vida, a la vez que comenzaría un tratamiento en el Hospital Lencinas. “Estuve seis años internado en tratamiento con un montón de personas más. Muchos no sobrevivían porque la medicina no había avanzado tanto como ahora”, explica Jorge, y Chiquita agrega: “El que tenía tuberculosis no quería ni decirlo, porque la gente te hacía un vacío, no te miraba”.

“Un día, charlando con unos amigos, pregunté por uno de ellos a su mujer y me dijo que estaba en Buenos Aires trabajando, pero el domingo, cuando fui a visitar a Jorge, me enteré que estaba internado también, tenía tuberculosis”, ejemplifica la mujer, quien durante más de seis años visitó a su novio cada domingo.

Un día en el Lencinas

Jorge vio pasar mucha gente mientras estuvo internado. “El Lencinas estaba lleno de tuberculosos y ahí había un estricto régimen de vida: no estábamos en un hotel, teníamos horas de reposo levantados y reposo en cama, después horas libres donde podías jugar a las cartas, horarios para almorzar, para cenar y horario para dormir. Cuando había peleas (de box) importantes en Buenos Aires, un médico de guardia nos daba permiso para escucharlas por radio, y eso era lo más tarde que nos acostábamos. Teníamos que hacer reposo y los domingos esperábamos ansiosos a las visitas en la puerta”, retrata Jorge sus días en el Lencinas como si fuera ayer.

Fundación Eva Perón

Un día cualquiera, un médico oriundo de San Juan lo revisó. “Tenía otras ideas y técnicas para tratar la enfermedad, sugirió que el tratamiento no estaba dando el resultado esperado y decidió el traslado a Buenos Aires. Todos los gastos corrieron por cuenta de la Fundación Eva Perón”, explica Jorge.

Allí fue operado, empezó un tratamiento y luego su cuadro se complicó con un derrame pleural. “Estuve más cerca del arpa que de la guitarra”, dice, y se ríe con un humor envidiable, el mismo que lo ayudó a convivir con una de las enfermedades más temidas, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de los pacientes que sufrían derrame no sobrevivía.

Al cabo de seis meses pudo regresar a Mendoza. La misma Fundación se encargó de conseguirle pasajes para que viajara el 31 de diciembre “en camarote” y que pudiese empezar el nuevo año y una vida nueva. Su novia lo esperaba, como cada domingo cuando estaba internado en su tierra.

Dejaba atrás largos días de internación y cuidados médicos, pero empezaba a vivir con el estigma de la enfermedad. Tener tuberculosis significaba, entre otras cosas, tener problemas para conseguir un trabajo. “La gente tenía mucho miedo de contagiarse y de tomar a un empleado enfermo”, comenta, y agrega que no le fue fácil pero aún así no se dejó vencer: pasó por un par de trabajos y se jubiló hace ya más de veinte años.

Cuestión de amor

Chiquita ceba mates, sigue la charla y aporta datos. La de ellos es una historia compartida, llevan 70 años juntos, pero no todo fue color de rosas. Si bien se conocieron –cuentan– “para el terremoto de San Juan” (NdR: el 15 de enero de 1944), casi como si ese fuera el determinante de una especial historia de amor, lo de ellos no fue fácil. Pertenecían a distintas clases sociales, con distintas formas de ver la vida y de llevarla adelante, y que la joven de una “buena familia” se enamorase de un joven enfermo de tuberculosis. La relación no era bien vista por los hermanos de Chiquita, que si bien eran amigos de Jorge y lo querían como tal, no lo consideraban un “buen partido” para su hermana.

“Yo intenté dejarla en libertad de acción porque me parecía que no estaba procediendo bien, no me parecía lógico que ella pasara por eso”, se excusa Jorge, y ambos recuerdan que estuvieron tres meses distanciados, pero que en un permiso que le dieron a Jorge para salir del hospital, se encontraron en un ‘malón’, una de esas reuniones de jóvenes en casas de familia, y desde entonces no se separaron más.

“No estaba en mis manos lo que fuese a pasar, no podía obligarla a estar conmigo, pero si no quiso abandonar, que aguante los golpes como los boxeadores”, dice Jorge haciendo alusión a todo lo que pasaron en más de siete décadas.

Chiquita no dejó de visitar a Jorge ni un solo fin de semana mientras estuvo internado en Mendoza, pero no contrajo el peligroso mal. “Es que yo no tenía miedo de contagiarme”, dice convencida.

Este hombre, que recuerda a la perfección los nombres de calles, comercios y todo lo que se le pregunte sobre su juventud, no vivió su enfermedad como un karma, sino como algo que le tocó en suerte y con lo cual podía seguir adelante. Se recuperó, formó una familia, trabajó hasta jubilarse y todo sin perder de vista las cosas importantes de la vida: “Yo tuve dos apoyos grandes en mi vida en los momentos más difíciles, que fueron ella” –dice, señalando a su esposa– “y mi mamá: ellas fueron todo para mí”.

A esta altura de la entrevista la pregunta era inevitable:

–¿Por qué cree que sobrevivió cuando muchos no pudieron?

–Creo que me hizo bien no haberme apartado nunca del carácter que tengo. Sobreviví porque a mí me trataron en forma temprana y los que morían era porque ya llevaban mucho tiempo enfermos. Es que me gusta llegar temprano a todos lados.

Por Rebeca Rodríguez Viñolo – Diario El Ciudadano on line

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