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Amor al barrio…
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Por Redacción

Amor al barrio…



Desde que inauguramos la sección “Historias de ciudadanos”, hemos tenido la posibilidad de salir al encuentro de personas que de una manera u otra hacen de su ‘mundo’ un sitio mejor. Tienen actividades, trabajan y viven de forma similar a cualquiera de nosotros, pero dedican una porción de su tiempo a otros para hacer de sus vidas algo más lindas… A ellos les llamamos los “imprescindibles” y sin ellos nuestra historia no sería la misma.

Teresa Lucía Binato me abre la puerta de su casa y con una sonrisa luminosa me invita a entrar y a conocerla; llegué a ella por una de sus vecinas, que reconoce su don de gente pero también tu tenacidad para enfrentar cada uno de los desafíos que la vida le puso por delante.


Pasión y responsabilidad

A los 18 años, Teresa perdió a su papá y como la mayor de cinco hermanos cargó con la responsabilidad de sacar a su familia adelante. “Había que comer y los niños tenían que ir a la escuela”, me cuenta. Sabía a coser desde los 12 años, de hecho, ella era la encargada de hacer la ropa de la familia, incluso de alguna vecina si así lo quería. Pero ese capítulo triste la llevó no sólo a descubrir su propia fortaleza, sino también a trabajar formalmente en algo que le encantaba: la costura.

Hoy, a sus 81 ya no cose por un problema en su vista, pero dedicó más de 60 años de su vida a la alta costura. “Nunca me casé, sabía que no podía dejar a mi familia. Le prometí a mi padre que no iba a dejar sola a mi mamá con mis hermanos…”, recuerda Tere, satisfecha por haber cumplido esa promesa.

Uno a veces no imagina la vida de alguien sin amor, pero la bella mujer que aprendió a leer con el diario del domingo (según me cuenta) responde contundente: “Siempre hubo pretendientes, algún noviecito, pero en mi trabajo (la costura) el compromiso más grande lo tenía los sábados, históricamente conocido como el día de los novios pero también el día en que las novias daban el sí en la iglesia. Además, se pregunta: “¿Quién habría estado dispuesto a hacerse cargo de mi familia?, y arremete: “Creo que me enamoré más de mi trabajo que de otra cosa, siempre sentí que mi trabajo me daba grandes satisfacciones”, asegura y sonríe, la dama que ha vestido a varias generaciones de mujeres.


Participación comunitaria

“En 1976, Dino Andreoni, Claudio Paz y Pedro Cáceres, vecinos que me conocían de toda la vida y sabían de mi responsabilidad, me vinieron a buscar para fundar la unión vecinal”, recuerda. Se conformaron como comisión y empezaron a trabajar: instalaron 345 luminarias a gas de mercurio, se anotaron para tener prioridad en la colocación del gas natural y lograron la apertura de calles, entre muchos otros beneficios para las 35 manzanas que comprende la organización barrial que llegó a tener 650 socios en su momento, pero que al día de hoy, según su presidenta, “quedan muy poquitos”, al menos en lo que respecta a su comisión directiva.

Las primeras reuniones se hicieron en la parroquia y luego en casas de dos vecinos, pero desde hace 27 años el lugar elegido para discutir y tomar decisiones es la casa de Teresa. Hace unos meses y después de 28 años, los vecinos vieron movimiento en el terreno que a fuerza de rifas, eventos y actividades compraron con mucho esfuerzo. Se trataba de la construcción de la tan ansiada sede de la unión vecinal, 38 años después de su conformación.

Desde ese día y con planos en mano, esta presidenta visita y recorre la obra que tanto esperaron. Pudo haber sido antes, sino hubiese pasado que los fondos que les destinó Desarrollo Social de la Nación se desviaron a Buenos Aires.


El club de sus amores

Tere siempre estuvo en contacto con el club Pedro Molina; allí asistió a sus primeros bailes y sus hermanos practicaron deportes en él. “Cada vez que cambiaban autoridades en la Comisaría Nº 31, nosotros nos presentábamos ante ellas para conocerlas y manifestarles nuestra intención de trabajar en conjunto. En 2010 asumió el nuevo comisario y él mismo se encargó de llamarnos y pedirnos hacer algo con el club porque estaba cerrado desde hacía años”, relata Tere y afirma: “Así fue como, de todas las uniones vecinales que había en esa reunión, quedamos sólo nosotros y él nos propuso trabajar con el programa ‘Creciendo Juntos’, del Ministerio de Seguridad, que ofrece actividades deportivas y artísticas”.

Ellos aceptaron y aún siguen trabajando en ese programa, pero no siempre fue fácil… En 2011, un grupo de personas cortó calles para defender un club que estaba a punto de dejar a cientos de chicos sin actividades y, sobre todo, sin contención. A la cabeza de ellos estaban Teresa y Rosa David, junto a un grupo de vecinos. “A las 21 me avisan que se había cerrado el club, que no podíamos hacer nada, y entonces nos organizamos con las mamás para juntarnos todos en la puerta y hacer las actividades en la calle, ya que no podíamos hacerlo dentro de la institución”.


La Media Luna de Guaymallén

El club social y deportivo se fundó en 1931 y a causa de un juicio laboral, chicos y grandes podían quedar sin actividades y sin atención médica, ya que allí funciona el centro de salud René Favaloro. La acción de los vecinos llegó a oídos del exitoso director de cine Juan José Campanella quien, movilizado por una historia similar a la que se cuenta en su película Luna de Avellaneda, se comunicó con ellos para felicitarlos y darles su apoyo.

La acción de los vecinos, acompañada por los medios de comunicación y la decisión política de la Municipalidad de Guaymallén de hacerse cargo de la deuda, fueron motivo mas que suficiente para que el club continuara siendo un espacio que brinda actividades deportivas, artísticas, saludables o religiosas.

Por estos días Teresa no sólo está feliz luego de esa recuperación de un espacio social y deportivo, ya que además es coordinadora del programa ‘Creciendo Juntos’, por lo que cada sábado en la mañana se la ve saliendo de su casa temprano, dispuesta a caminar las 14 cuadras que la separan del club, munida de un carrito cargado de todo lo necesario para preparar la merienda de los 60 niños del programa.

Teresa no se casó, tampoco tuvo hijos, pero para cualquiera de sus vecinos es un ejemplo: “madre y abuela”, en definitiva una mujer siempre dispuesta a hacer algo por los demás… Para nosotros, una mujer imprescindible. / Rebeca Rodríguez


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Amor al barrio…

Desde que inauguramos la sección “Historias de ciudadanos”, hemos tenido la posibilidad de salir al encuentro de personas que de una manera u otra hacen de su ‘mundo’ un sitio mejor. Tienen actividades, trabajan y viven de forma similar a cualquiera de nosotros, pero dedican una porción de su tiempo a otros para hacer de sus vidas algo más lindas… A ellos les llamamos los “imprescindibles” y sin ellos nuestra historia no sería la misma.
Teresa Lucía Binato me abre la puerta de su casa y con una sonrisa luminosa me invita a entrar y a conocerla; llegué a ella por una de sus vecinas, que reconoce su don de gente pero también tu tenacidad para enfrentar cada uno de los desafíos que la vida le puso por delante.

Pasión y responsabilidad
A los 18 años, Teresa perdió a su papá y como la mayor de cinco hermanos cargó con la responsabilidad de sacar a su familia adelante. “Había que comer y los niños tenían que ir a la escuela”, me cuenta. Sabía a coser desde los 12 años, de hecho, ella era la encargada de hacer la ropa de la familia, incluso de alguna vecina si así lo quería. Pero ese capítulo triste la llevó no sólo a descubrir su propia fortaleza, sino también a trabajar formalmente en algo que le encantaba: la costura.
Hoy, a sus 81 ya no cose por un problema en su vista, pero dedicó más de 60 años de su vida a la alta costura. “Nunca me casé, sabía que no podía dejar a mi familia. Le prometí a mi padre que no iba a dejar sola a mi mamá con mis hermanos…”, recuerda Tere, satisfecha por haber cumplido esa promesa.
Uno a veces no imagina la vida de alguien sin amor, pero la bella mujer que aprendió a leer con el diario del domingo (según me cuenta) responde contundente: “Siempre hubo pretendientes, algún noviecito, pero en mi trabajo (la costura) el compromiso más grande lo tenía los sábados, históricamente conocido como el día de los novios pero también el día en que las novias daban el sí en la iglesia. Además, se pregunta: “¿Quién habría estado dispuesto a hacerse cargo de mi familia?, y arremete: “Creo que me enamoré más de mi trabajo que de otra cosa, siempre sentí que mi trabajo me daba grandes satisfacciones”, asegura y sonríe, la dama que ha vestido a varias generaciones de mujeres.

Participación comunitaria
“En 1976, Dino Andreoni, Claudio Paz y Pedro Cáceres, vecinos que me conocían de toda la vida y sabían de mi responsabilidad, me vinieron a buscar para fundar la unión vecinal”, recuerda. Se conformaron como comisión y empezaron a trabajar: instalaron 345 luminarias a gas de mercurio, se anotaron para tener prioridad en la colocación del gas natural y lograron la apertura de calles, entre muchos otros beneficios para las 35 manzanas que comprende la organización barrial que llegó a tener 650 socios en su momento, pero que al día de hoy, según su presidenta, “quedan muy poquitos”, al menos en lo que respecta a su comisión directiva.
Las primeras reuniones se hicieron en la parroquia y luego en casas de dos vecinos, pero desde hace 27 años el lugar elegido para discutir y tomar decisiones es la casa de Teresa. Hace unos meses y después de 28 años, los vecinos vieron movimiento en el terreno que a fuerza de rifas, eventos y actividades compraron con mucho esfuerzo. Se trataba de la construcción de la tan ansiada sede de la unión vecinal, 38 años después de su conformación.
Desde ese día y con planos en mano, esta presidenta visita y recorre la obra que tanto esperaron. Pudo haber sido antes, sino hubiese pasado que los fondos que les destinó Desarrollo Social de la Nación se desviaron a Buenos Aires.

El club de sus amores
Tere siempre estuvo en contacto con el club Pedro Molina; allí asistió a sus primeros bailes y sus hermanos practicaron deportes en él. “Cada vez que cambiaban autoridades en la Comisaría Nº 31, nosotros nos presentábamos ante ellas para conocerlas y manifestarles nuestra intención de trabajar en conjunto. En 2010 asumió el nuevo comisario y él mismo se encargó de llamarnos y pedirnos hacer algo con el club porque estaba cerrado desde hacía años”, relata Tere y afirma: “Así fue como, de todas las uniones vecinales que había en esa reunión, quedamos sólo nosotros y él nos propuso trabajar con el programa ‘Creciendo Juntos’, del Ministerio de Seguridad, que ofrece actividades deportivas y artísticas”.
Ellos aceptaron y aún siguen trabajando en ese programa, pero no siempre fue fácil… En 2011, un grupo de personas cortó calles para defender un club que estaba a punto de dejar a cientos de chicos sin actividades y, sobre todo, sin contención. A la cabeza de ellos estaban Teresa y Rosa David, junto a un grupo de vecinos. “A las 21 me avisan que se había cerrado el club, que no podíamos hacer nada, y entonces nos organizamos con las mamás para juntarnos todos en la puerta y hacer las actividades en la calle, ya que no podíamos hacerlo dentro de la institución”.

La Media Luna de Guaymallén
El club social y deportivo se fundó en 1931 y a causa de un juicio laboral, chicos y grandes podían quedar sin actividades y sin atención médica, ya que allí funciona el centro de salud René Favaloro. La acción de los vecinos llegó a oídos del exitoso director de cine Juan José Campanella quien, movilizado por una historia similar a la que se cuenta en su película Luna de Avellaneda, se comunicó con ellos para felicitarlos y darles su apoyo.
La acción de los vecinos, acompañada por los medios de comunicación y la decisión política de la Municipalidad de Guaymallén de hacerse cargo de la deuda, fueron motivo mas que suficiente para que el club continuara siendo un espacio que brinda actividades deportivas, artísticas, saludables o religiosas.
Por estos días Teresa no sólo está feliz luego de esa recuperación de un espacio social y deportivo, ya que además es coordinadora del programa ‘Creciendo Juntos’, por lo que cada sábado en la mañana se la ve saliendo de su casa temprano, dispuesta a caminar las 14 cuadras que la separan del club, munida de un carrito cargado de todo lo necesario para preparar la merienda de los 60 niños del programa.
Teresa no se casó, tampoco tuvo hijos, pero para cualquiera de sus vecinos es un ejemplo: “madre y abuela”, en definitiva una mujer siempre dispuesta a hacer algo por los demás… Para nosotros, una mujer imprescindible. / Rebeca Rodríguez

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