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Abuelas tejedoras y solidarias
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Por Redacción

Abuelas tejedoras y solidarias



Hace más de un año, un grupo de abuelas comenzó con la tarea de tejer en sus ratos libres como pasatiempo o simplemente para colaborar con quienes no tienen cómo abrigarse en invierno. El grupo de tejedoras está integrado por cerca de veinte mujeres, pero por una cuestión de tiempos, participaron de la nota sólo algunas. Ellas son Teresa Peña, María Pilar Días, Fenicia Ruiz, Marta Villafañe, Nidia Puebla y Angelita Motta.


Todas con edades, historias y tiempos distintos, pero unidas por un hilo invisible: el de hacer algo por alguien más. Algunas tejen desde que eran pequeñas y otras se volcaron a la tarea cuando preparaban su ajuar o se disponían a hacerlo. Han tejido para sus hijos, para sus nietos y hoy dedican gran parte del día a poner un ovillo de amor entre sus manos y transformarlo en uno de los tantos cuadraditos que se necesitan para hacer una colcha, alguna prenda de bebé o un chal para abrigar una espalda cuando el frío incomoda.


Nosotras, vosotras y ellas

Nidia no pertenece al barrio. De hecho, hasta hace unos días tejía en el anonimato, pero una actividad de la unión vecinal la puso en contacto con el resto de las abuelas. “Con Nidia nos conocimos ayer, pero ella teje desde hace bastante para el grupo. Lo hacía en su casa y mandaba los cuadraditos”, contó Dora, responsable del grupo.


A Nidia siempre le gustó tejer. “Si tuviera tiempo tejería desde que me levanto hasta que me voy a dormir; a esta altura lo hago de manera mecánica y puedo ver televisión mientras tanto”, dijo entre risas, y agregó que una promesa la llevó a tejer para otros y fue así como se integró al grupo de abuelas.


Por su parte, Fenicia relató que ha tejido mucho en su vida y por cuestiones de salud dejó, pero ha retomado la costumbre para ser una más de este grupo de veinte tejedoras que integran el círculo.


Marta contó que vive en el barrio Parque, donde también tiene su peluquería y aprovecha los momentos en los que está libre para tejer y así sumar cuadraditos.


Mientras nos enteramos de las virtudes de cada una, su historia con el tejido y las cosas que han logrado juntas, Dora comparte una curiosidad: “Hay una señora que es del barrio Batalla del Pilar y es muy tímida, así que no la conocemos, pero cada tanto nos hace llegar sus cuadraditos prolijamente terminados para sumarlos a los demás”.


Las hacendosas mujeres coincidieron en que les encantaría conocerla para agradecerle y sumarla para compartir más cosas. “Agradezco a la gente que teje tanto y lo hace con tanto amor”, concluyó Dora.


Ayer era cosa de hombres

Si uno repasa la historia del tejido o simplemente busca información, encuentra curiosidades, como por ejemplo, que los primeros tejedores eran hombres y solo podían jactarse de tal siempre y cuando hubiesen tomado clases durante seis años y luego de rendir un examen final donde ponía en práctica todo lo aprendido.


Hoy resulta imposible imaginar a un grupo de varones reunidos tejiendo o intercambiando puntos, aunque como dicen por ahí “que los hay, los hay”. Tampoco podemos pensar que el hecho de tener destreza en las manos es una ‘cancha’ que sólo tienen las abuelas, ya que la encargada de unir y dar las terminaciones a cada una de las creaciones de estas abuelas es Claudia, hija de Dora, una abogada que encuentra en su habilidad con el tejido una forma de despejarse. “Ella es la que se encarga de la belleza de los tejidos, hace unas cosas hermosísimas”, coincidieron todas hablando a la vez, como suele pasar en una reunión de mujeres.


Dora, la organizadora

Dora no sólo prestó su casa para concretar la entrevista y hablar acerca de la tarea que lleva adelante este grupo de abuelas, sino que además es ella la que lo preside y la encargada de llevar el control de la lana que tienen, lo que le entrega a cada una y de recepcionar en su casa las piezas terminadas.


“El año pasado recibimos la primera donación de lana y desde allí llevo el control de todo y en un cuadernito anoto el material que entrego, los cuadraditos que recibo, e incluso, lo que sorteamos en los eventos de la unión vecinal”, dijo la dueña de casa.


Tejer como herencia

Para algunas mujeres es una forma de seguir en movimiento, para otras una compañía, una forma de ser útiles a la comunidad. Lo cierto es que a todas les gusta hacer lo que hacen, compartir la herencia de sus madres y abuelas cuando les enseñaron a tejer, al punto tal que ellas también se encargan de enseñarles a sus hijas y nietas, y ante la pregunta de si se animan a enseñarles a otras mujeres, se entusiasman con la idea.

Como respuesta de la comunidad más próxima han recibido todo tipo de halagos por lo que hacen, pero también se han encontrado con personas que les preguntan para qué lo hacen y la respuesta es simple: por que quieren, porque tienen tiempo y porque es una forma de no dejarse adormecer.


Entonces, Dora aprovecha y cuenta otra anécdota: “Cuando me operaron de las rodillas tuve que hacer reposo total y como soy bastante inquieta, al médico le preocupaba que fuera a caer en una depresión, pero el hecho de aprovechar el tiempo para tejer me salvó de eso”.


Las abuelas reconocen que le dedican el tiempo que pueden al tejido, pero que lo hacen con mucho amor. Cada uno de los cuadritos que realizan a mano esconde la satisfacción de estar haciendo algo por ellas, pero principalmente por alguien más. Es difícil imaginar una noche fría en un sofocante día de verano mendocino, pero es cuestión de hacer el ejercicio de ponerse en lugar de quien cuenta monedas para llegar a fin de mes o de quien vive, siente y duerme a la intemperie./ Rebeca Rodriguez


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Abuelas tejedoras y solidarias

Hace más de un año, un grupo de abuelas comenzó con la tarea de tejer en sus ratos libres como pasatiempo o simplemente para colaborar con quienes no tienen cómo abrigarse en invierno. El grupo de tejedoras está integrado por cerca de veinte mujeres, pero por una cuestión de tiempos, participaron de la nota sólo algunas. Ellas son Teresa Peña, María Pilar Días, Fenicia Ruiz, Marta Villafañe, Nidia Puebla y Angelita Motta.

Todas con edades, historias y tiempos distintos, pero unidas por un hilo invisible: el de hacer algo por alguien más. Algunas tejen desde que eran pequeñas y otras se volcaron a la tarea cuando preparaban su ajuar o se disponían a hacerlo. Han tejido para sus hijos, para sus nietos y hoy dedican gran parte del día a poner un ovillo de amor entre sus manos y transformarlo en uno de los tantos cuadraditos que se necesitan para hacer una colcha, alguna prenda de bebé o un chal para abrigar una espalda cuando el frío incomoda.

Nosotras, vosotras y ellas
Nidia no pertenece al barrio. De hecho, hasta hace unos días tejía en el anonimato, pero una actividad de la unión vecinal la puso en contacto con el resto de las abuelas. “Con Nidia nos conocimos ayer, pero ella teje desde hace bastante para el grupo. Lo hacía en su casa y mandaba los cuadraditos”, contó Dora, responsable del grupo.

A Nidia siempre le gustó tejer. “Si tuviera tiempo tejería desde que me levanto hasta que me voy a dormir; a esta altura lo hago de manera mecánica y puedo ver televisión mientras tanto”, dijo entre risas, y agregó que una promesa la llevó a tejer para otros y fue así como se integró al grupo de abuelas.

Por su parte, Fenicia relató que ha tejido mucho en su vida y por cuestiones de salud dejó, pero ha retomado la costumbre para ser una más de este grupo de veinte tejedoras que integran el círculo.

Marta contó que vive en el barrio Parque, donde también tiene su peluquería y aprovecha los momentos en los que está libre para tejer y así sumar cuadraditos.

Mientras nos enteramos de las virtudes de cada una, su historia con el tejido y las cosas que han logrado juntas, Dora comparte una curiosidad: “Hay una señora que es del barrio Batalla del Pilar y es muy tímida, así que no la conocemos, pero cada tanto nos hace llegar sus cuadraditos prolijamente terminados para sumarlos a los demás”.

Las hacendosas mujeres coincidieron en que les encantaría conocerla para agradecerle y sumarla para compartir más cosas. “Agradezco a la gente que teje tanto y lo hace con tanto amor”, concluyó Dora.

Ayer era cosa de hombres
Si uno repasa la historia del tejido o simplemente busca información, encuentra curiosidades, como por ejemplo, que los primeros tejedores eran hombres y solo podían jactarse de tal siempre y cuando hubiesen tomado clases durante seis años y luego de rendir un examen final donde ponía en práctica todo lo aprendido.

Hoy resulta imposible imaginar a un grupo de varones reunidos tejiendo o intercambiando puntos, aunque como dicen por ahí “que los hay, los hay”. Tampoco podemos pensar que el hecho de tener destreza en las manos es una ‘cancha’ que sólo tienen las abuelas, ya que la encargada de unir y dar las terminaciones a cada una de las creaciones de estas abuelas es Claudia, hija de Dora, una abogada que encuentra en su habilidad con el tejido una forma de despejarse. “Ella es la que se encarga de la belleza de los tejidos, hace unas cosas hermosísimas”, coincidieron todas hablando a la vez, como suele pasar en una reunión de mujeres.

Dora, la organizadora
Dora no sólo prestó su casa para concretar la entrevista y hablar acerca de la tarea que lleva adelante este grupo de abuelas, sino que además es ella la que lo preside y la encargada de llevar el control de la lana que tienen, lo que le entrega a cada una y de recepcionar en su casa las piezas terminadas.

“El año pasado recibimos la primera donación de lana y desde allí llevo el control de todo y en un cuadernito anoto el material que entrego, los cuadraditos que recibo, e incluso, lo que sorteamos en los eventos de la unión vecinal”, dijo la dueña de casa.

Tejer como herencia
Para algunas mujeres es una forma de seguir en movimiento, para otras una compañía, una forma de ser útiles a la comunidad. Lo cierto es que a todas les gusta hacer lo que hacen, compartir la herencia de sus madres y abuelas cuando les enseñaron a tejer, al punto tal que ellas también se encargan de enseñarles a sus hijas y nietas, y ante la pregunta de si se animan a enseñarles a otras mujeres, se entusiasman con la idea.
Como respuesta de la comunidad más próxima han recibido todo tipo de halagos por lo que hacen, pero también se han encontrado con personas que les preguntan para qué lo hacen y la respuesta es simple: por que quieren, porque tienen tiempo y porque es una forma de no dejarse adormecer.

Entonces, Dora aprovecha y cuenta otra anécdota: “Cuando me operaron de las rodillas tuve que hacer reposo total y como soy bastante inquieta, al médico le preocupaba que fuera a caer en una depresión, pero el hecho de aprovechar el tiempo para tejer me salvó de eso”.

Las abuelas reconocen que le dedican el tiempo que pueden al tejido, pero que lo hacen con mucho amor. Cada uno de los cuadritos que realizan a mano esconde la satisfacción de estar haciendo algo por ellas, pero principalmente por alguien más. Es difícil imaginar una noche fría en un sofocante día de verano mendocino, pero es cuestión de hacer el ejercicio de ponerse en lugar de quien cuenta monedas para llegar a fin de mes o de quien vive, siente y duerme a la intemperie./ Rebeca Rodriguez

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