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A 33 años de la guerra de Malvinas: Una deuda pendiente
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Por Redacción

A 33 años de la guerra de Malvinas: Una deuda pendiente



Aquella madrugada del 2 de abril de 1982, las fuerzas argentinas lograron desalojar a las fuerzas británicas sin derramar una sola gota de sangre enemiga. Era una orden imposible, casi absurda, pero lo lograron.

Más allá de presuntuosas consideraciones políticas y estratégicas -sobre las que ya nadie discute, y negativas por cierto-, hoy me quiero referir a algo más modesto, más humano, pero tal vez, más moral. Y que debería llenarnos de orgullo a todos los argentinos. Algo que he comprobado y entendido acabadamente visitando el lugar donde ocurrieron los hechos. Habiendo recorrido, en junio del año pasado, el teatro de las operaciones.

La gesta de Malvinas fue un hecho histórico en el que estuvieron involucrados más de diez mil argentinos, que sabían que exponían sus vidas, sin pedir a cambio otra cosa que no fuera el reconocimiento de su amor a la patria.

Mucho se ha dicho sobre la actuación de los pilotos de combate y, justo es reconocer, su valerosa actuación que ha quedado plasmada en innumerables relatos y en la cuantificación de los hechos. También sobre las tropas de comandos, altamente especializadas y cuyas acciones han subsistido bastante bien registradas, y algo sobre la artillería de campaña. Pero poco se sabe de la verdadera actuación de aquellos que lucharon en las posiciones; en la modesta, humilde y heroica primera línea de combate.

En realidad, lo que quedó, aunque nos cueste reconocerlo, ha sido el resabio de la ‘supuesta verdad’ que nos transmitió el propio gobierno militar, aquellos que no admitieron que el error fue político –y estratégico– y que hicieron ingresar a nuestras tropas por la puerta trasera, en un intento desesperado por deslindar su responsabilidad.

Bueno es reconocer también, que esa ‘supuesta verdad’ es la que prefirieron seguir creyendo y fomentando, por los motivos que sean, los gobiernos democráticos que se sucedieron a partir de 1983. Una versión distorsionada de la historia y, muchas veces, tendenciosa. Y la que aún hoy sostiene un grupo pequeño que, entre las opciones de ser héroes o ser víctimas, han optado por la segunda, tal vez tentados por la fantasía de suculentas recompensas económicas.

Recorrer las alturas que rodean Puerto Argentino, los montes Longdon, Wireless Ridge, Dos Hermanas, Challenguer, Harriet, Tumbledown y Sapper Hill; en el mes de junio, en la misma época en que se desarrollaron los combates, bajo la llovizna, la nieve y el viento que no dan respiro, y el frío que penetra hasta los huesos, es un ejercicio interesante para tomar conciencia de lo que vivieron aquellos que ocupaban las posiciones defensivas de la primera línea.

Para completar el cuadro de situación, debemos agregar a esas extremas circunstancias geográficas y de condiciones meteorológicas, la escasa alimentación, el precario apoyo logístico, la ausencia de apoyo aéreo y el sistemático bombardeo naval.

A pesar de la heroica actuación de nuestros pilotos de la Fuerza Aérea y navales, justo es reconocer, que los únicos aviones que vieron nuestros soldados de Infantería durante la guerra, fueron los Harrier y los Vulcan del enemigo, que atacaban diariamente y sin misericordia sus posiciones.

Recorrer las posiciones de la Infantería argentina es descubrir una realidad diferente que, lamentablemente, el tiempo se encargará de borrar materialmente para siempre.

Por eso es bueno saber que, a tantos años de los combates, se pueden encontrar todavía rastros de la encarnizada lucha que ahí se libró.

Hay restos de munición argentina e inglesa mezclada entre las posiciones y esquirlas de proyectiles de artillería incrustadas en los parapetos de nuestros soldados. Lugares identificados donde cayeron combatientes ingleses, muy próximos al lugar donde cayeron nuestros valientes. Señales inequívocas de combate cuerpo a cuerpo. Restos de prendas personales y pertrechos que sólo se explican si se comprende que existió una fuerte resistencia y que hubo repliegues combatiendo bajo fuego enemigo y cuando ya nada podía hacerse.

Esto nos habla de feroces combates entre el 10 y el 14 de junio, en los que las fuerzas argentinas fueron perdiendo terreno progresivamente, frente a unas tropas muy superiores, no en número, pero sí en equipamiento, apoyo logístico, apoyos de combate (de fuego, de comunicaciones, de exploración) y menos agotadas físicamente.

Lo que nos dicen el teatro de la guerra y las bajas (muertos y heridos) que se produjeron en el lugar donde ocurrieron los hechos, es que ahí se desarrolló una terrible batalla. Aunque parezca una redundancia, no está de más decirlo con todas las letras, porque todavía hay gente que no lo sabe: no es verdad que las tropas argentinas se replegaron sin combatir.

Lo que aún se puede ver nos habla que esas tropas soportaron dos largos meses de una situación extrema y después, a pesar de ello, presentaron una resistencia digna de los mejores combatientes. Y esto no puede deberse nada más que al coraje de nuestros soldados y de sus jefes directos, que conducían esos regimientos y esas fracciones menores.

Más allá de nuestra condena a la decisión de la guerra y al repudio a la dictadura que expuso a nuestras fuerzas a una derrota segura, debemos rescatar la actuación de nuestros soldados. Un reconocimiento que se ha postergado largamente y que es hora de manifestar.


Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.


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A 33 años de la guerra de Malvinas: Una deuda pendiente

Aquella madrugada del 2 de abril de 1982, las fuerzas argentinas lograron desalojar a las fuerzas británicas sin derramar una sola gota de sangre enemiga. Era una orden imposible, casi absurda, pero lo lograron.
Más allá de presuntuosas consideraciones políticas y estratégicas -sobre las que ya nadie discute, y negativas por cierto-, hoy me quiero referir a algo más modesto, más humano, pero tal vez, más moral. Y que debería llenarnos de orgullo a todos los argentinos. Algo que he comprobado y entendido acabadamente visitando el lugar donde ocurrieron los hechos. Habiendo recorrido, en junio del año pasado, el teatro de las operaciones.
La gesta de Malvinas fue un hecho histórico en el que estuvieron involucrados más de diez mil argentinos, que sabían que exponían sus vidas, sin pedir a cambio otra cosa que no fuera el reconocimiento de su amor a la patria.
Mucho se ha dicho sobre la actuación de los pilotos de combate y, justo es reconocer, su valerosa actuación que ha quedado plasmada en innumerables relatos y en la cuantificación de los hechos. También sobre las tropas de comandos, altamente especializadas y cuyas acciones han subsistido bastante bien registradas, y algo sobre la artillería de campaña. Pero poco se sabe de la verdadera actuación de aquellos que lucharon en las posiciones; en la modesta, humilde y heroica primera línea de combate.
En realidad, lo que quedó, aunque nos cueste reconocerlo, ha sido el resabio de la ‘supuesta verdad’ que nos transmitió el propio gobierno militar, aquellos que no admitieron que el error fue político –y estratégico– y que hicieron ingresar a nuestras tropas por la puerta trasera, en un intento desesperado por deslindar su responsabilidad.
Bueno es reconocer también, que esa ‘supuesta verdad’ es la que prefirieron seguir creyendo y fomentando, por los motivos que sean, los gobiernos democráticos que se sucedieron a partir de 1983. Una versión distorsionada de la historia y, muchas veces, tendenciosa. Y la que aún hoy sostiene un grupo pequeño que, entre las opciones de ser héroes o ser víctimas, han optado por la segunda, tal vez tentados por la fantasía de suculentas recompensas económicas.
Recorrer las alturas que rodean Puerto Argentino, los montes Longdon, Wireless Ridge, Dos Hermanas, Challenguer, Harriet, Tumbledown y Sapper Hill; en el mes de junio, en la misma época en que se desarrollaron los combates, bajo la llovizna, la nieve y el viento que no dan respiro, y el frío que penetra hasta los huesos, es un ejercicio interesante para tomar conciencia de lo que vivieron aquellos que ocupaban las posiciones defensivas de la primera línea.
Para completar el cuadro de situación, debemos agregar a esas extremas circunstancias geográficas y de condiciones meteorológicas, la escasa alimentación, el precario apoyo logístico, la ausencia de apoyo aéreo y el sistemático bombardeo naval.
A pesar de la heroica actuación de nuestros pilotos de la Fuerza Aérea y navales, justo es reconocer, que los únicos aviones que vieron nuestros soldados de Infantería durante la guerra, fueron los Harrier y los Vulcan del enemigo, que atacaban diariamente y sin misericordia sus posiciones.
Recorrer las posiciones de la Infantería argentina es descubrir una realidad diferente que, lamentablemente, el tiempo se encargará de borrar materialmente para siempre.
Por eso es bueno saber que, a tantos años de los combates, se pueden encontrar todavía rastros de la encarnizada lucha que ahí se libró.
Hay restos de munición argentina e inglesa mezclada entre las posiciones y esquirlas de proyectiles de artillería incrustadas en los parapetos de nuestros soldados. Lugares identificados donde cayeron combatientes ingleses, muy próximos al lugar donde cayeron nuestros valientes. Señales inequívocas de combate cuerpo a cuerpo. Restos de prendas personales y pertrechos que sólo se explican si se comprende que existió una fuerte resistencia y que hubo repliegues combatiendo bajo fuego enemigo y cuando ya nada podía hacerse.
Esto nos habla de feroces combates entre el 10 y el 14 de junio, en los que las fuerzas argentinas fueron perdiendo terreno progresivamente, frente a unas tropas muy superiores, no en número, pero sí en equipamiento, apoyo logístico, apoyos de combate (de fuego, de comunicaciones, de exploración) y menos agotadas físicamente.
Lo que nos dicen el teatro de la guerra y las bajas (muertos y heridos) que se produjeron en el lugar donde ocurrieron los hechos, es que ahí se desarrolló una terrible batalla. Aunque parezca una redundancia, no está de más decirlo con todas las letras, porque todavía hay gente que no lo sabe: no es verdad que las tropas argentinas se replegaron sin combatir.
Lo que aún se puede ver nos habla que esas tropas soportaron dos largos meses de una situación extrema y después, a pesar de ello, presentaron una resistencia digna de los mejores combatientes. Y esto no puede deberse nada más que al coraje de nuestros soldados y de sus jefes directos, que conducían esos regimientos y esas fracciones menores.
Más allá de nuestra condena a la decisión de la guerra y al repudio a la dictadura que expuso a nuestras fuerzas a una derrota segura, debemos rescatar la actuación de nuestros soldados. Un reconocimiento que se ha postergado largamente y que es hora de manifestar.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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